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18 octubre 2006
16 octubre 2006
19 abril 2005
¿Quién es Benedicto XVI?
Suele decirse que "quien entra en el cónclave Papa, sale cardenal". Joseph Ratzinger no era ciertamente favorito entre los papabili dada su condición de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, puesto que hace normalmente antipático a quien lo ejerce y, por tanto, poco susceptible de ser elegido. Pero, a medida que pasaban las horas su nombre se iba consolidando como el del posible sucesor de Juan Pablo II en los mentideros vaticanos. La ascensión Benedicto XVI al solio ha roto, pues, varios preconceptos y creencias y nos lleva a preguntarnos por la persona que hay detrás del nuevo Romano Pontífice.
Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn, localidad de la Baja Baviera, en el seno de una familia de agricultores. Estudió Filosofía en la Universidad de Freysing y es doctor en Teología por la Universidad de Munich. El 29 de junio de 1951 fue ordenado sacerdote por el Cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich y Freising. Fue este gran prelado de la Iglesia alemana -uno de los grandes purpurados de la era de Pío XII- quien estuvo en el origen de la vocación del Padre Ratzinger, como lo cuenta el propio interesado en un libro autobiográfico: el día de su confirmación se quedó tan deslumbrado ante la dignidad de ese Príncipe de la Iglesia que decidió ser como él.
Entre 1952 y 1977 se dedicó a la investigación teológica y a la cátedra, enseñando sucesivamente en Freising, Bonn, Münster, Tübingen y Ratisbona (universidad esta última de la que fue vicerrector). Sus indudables méritos intelectuales fueron reconocidos por el Cardenal Joseph Frings, Arzobispo de Colonia (la diócesis más importante de Alemania), quien lo llevó consigo en calidad de peritus, es decir, teólogo experto, al Concilio Ecuménico Vaticano II. En el aula conciliar, el Padre Ratzinger formó parte de la llamada "ala liberal" juntamente con su compatriota Karl Rahner, el francés Henri de Lubac, el suizo Hans Küng (a quien conocía de la Universidad de Tübingen y con el que se enfrentaría con el tiempo) y otros. Sabemos por el testimonio del P. Wiltgen que este grupo constituía una minoría muy bien organizada que condujo las discusiones según sus intereses. Este dato, poco difundido, del pasado progresista del actual Papa, es muy sugestivo, ya que ayuda a dimensionar de manera ecuánime la persona de alguien que hasta ahora se ha juzgado ligeramente como alguien intolerante y de "línea dura".
El 24 de marzo de 1977, fue preconizado Arzobispo de Munich y Freising por Pablo VI, quien poco después -en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año- le creaba Cardenal-presbítero de Santa Maria Consolatrice al Tiburtino. De hecho, Ratzinger era uno de los tres únicos cardenales electores que entraron en el cónclave que acaba de concluir que no fueron creados por el difunto Juan Pablo II. Participó activamente en la organización del Sínodo de los Obispos, simultaneando la acción pastoral en su doble sede, a la que renunció en 1982 para incorporarse a la Curia Romana en calidad de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el ex Santo Oficio), presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y presidente de la Comisión Teológica Internacional, nombrado por el Papa Wojtyla. En 1993, optó al orden de los Cardenales-obispos como cabeza de la sede suburbicaria de Velletri-Segni, a la que en 2002 añadió la de Ostia con la dignidad aneja de Decano del Sacro Colegio, en condición del cual presidió los funerales de Juan Pablo II.
La trayectoria del Cardenal Ratzinger al frente del dicasterio otrora más poderoso de la Iglesia Católica ha sido rectilínea y enérgica, lo que le hizo blanco de las críticas de los sectores más aperturistas de la Iglesia, que achacaban al purpurado alemán los aspectos considerados más duros del pontificado anterior, sin reflexionar en que fue el mismo Karol Wojtyla el que le otorgó toda su confianza y le mantuvo en el controvertido cargo más allá del límite normal de duración en los puestos de gobierno de la Iglesia, lo que hace pensar en que el cambio en la cima del Vaticano se dará ahora sin solución de continuidad, aunque con un carácter muy propio y personal, ya que, desde luego, el temperamento del nuevo Papa es muy diverso -y en algunos aspectos hasta contrario- al de su antecesor. En efecto, a un Papa viajero y comunicador sucede otro intelectual y más tímido. Sin embargo, cabe esperar que no tardará en dar muestras de un estilo propio, que es el que le ha granjeado grandes adhesiones pero también grandes oposiciones.
La elección del Cardenal Ratzinger puede haberse debido en gran parte a la homilía pronunciada el lunes 18, durante la misa votiva del Espíritu Santo, en la que describió con su estilo característico -claro y corajudo- la situación de la Iglesia y del mundo en los presentes momentos.
El nombre adoptado por el neoelecto es también revelador: Benedicto XVI. No podemos dejar de pensar en los dos últimos Benedictos, que parecen ser como dos fuentes de inspiración para un pontificado que será, sin duda, muy especial: Benedicto XIV (Prospero Lambertini), insigne intelectual y canonista , y Benedicto XV, el Papa de la difícil situación de Entreguerra después de la cruenta conflagración del 14, el gran fautor de la paz en medio de la incomprensión de las potencias y el benefactor de tantas víctimas de la terrible contienda. También puede pensarse en San Benito de Nursia, el patriarca de la orden benedictina, evangelizador de Europa en el siglo VI, de una Europa de la que, tal vez, Benedicto XVI se siente el moderno cristianizador.
Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn, localidad de la Baja Baviera, en el seno de una familia de agricultores. Estudió Filosofía en la Universidad de Freysing y es doctor en Teología por la Universidad de Munich. El 29 de junio de 1951 fue ordenado sacerdote por el Cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich y Freising. Fue este gran prelado de la Iglesia alemana -uno de los grandes purpurados de la era de Pío XII- quien estuvo en el origen de la vocación del Padre Ratzinger, como lo cuenta el propio interesado en un libro autobiográfico: el día de su confirmación se quedó tan deslumbrado ante la dignidad de ese Príncipe de la Iglesia que decidió ser como él.
Entre 1952 y 1977 se dedicó a la investigación teológica y a la cátedra, enseñando sucesivamente en Freising, Bonn, Münster, Tübingen y Ratisbona (universidad esta última de la que fue vicerrector). Sus indudables méritos intelectuales fueron reconocidos por el Cardenal Joseph Frings, Arzobispo de Colonia (la diócesis más importante de Alemania), quien lo llevó consigo en calidad de peritus, es decir, teólogo experto, al Concilio Ecuménico Vaticano II. En el aula conciliar, el Padre Ratzinger formó parte de la llamada "ala liberal" juntamente con su compatriota Karl Rahner, el francés Henri de Lubac, el suizo Hans Küng (a quien conocía de la Universidad de Tübingen y con el que se enfrentaría con el tiempo) y otros. Sabemos por el testimonio del P. Wiltgen que este grupo constituía una minoría muy bien organizada que condujo las discusiones según sus intereses. Este dato, poco difundido, del pasado progresista del actual Papa, es muy sugestivo, ya que ayuda a dimensionar de manera ecuánime la persona de alguien que hasta ahora se ha juzgado ligeramente como alguien intolerante y de "línea dura".
El 24 de marzo de 1977, fue preconizado Arzobispo de Munich y Freising por Pablo VI, quien poco después -en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año- le creaba Cardenal-presbítero de Santa Maria Consolatrice al Tiburtino. De hecho, Ratzinger era uno de los tres únicos cardenales electores que entraron en el cónclave que acaba de concluir que no fueron creados por el difunto Juan Pablo II. Participó activamente en la organización del Sínodo de los Obispos, simultaneando la acción pastoral en su doble sede, a la que renunció en 1982 para incorporarse a la Curia Romana en calidad de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el ex Santo Oficio), presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y presidente de la Comisión Teológica Internacional, nombrado por el Papa Wojtyla. En 1993, optó al orden de los Cardenales-obispos como cabeza de la sede suburbicaria de Velletri-Segni, a la que en 2002 añadió la de Ostia con la dignidad aneja de Decano del Sacro Colegio, en condición del cual presidió los funerales de Juan Pablo II.
La trayectoria del Cardenal Ratzinger al frente del dicasterio otrora más poderoso de la Iglesia Católica ha sido rectilínea y enérgica, lo que le hizo blanco de las críticas de los sectores más aperturistas de la Iglesia, que achacaban al purpurado alemán los aspectos considerados más duros del pontificado anterior, sin reflexionar en que fue el mismo Karol Wojtyla el que le otorgó toda su confianza y le mantuvo en el controvertido cargo más allá del límite normal de duración en los puestos de gobierno de la Iglesia, lo que hace pensar en que el cambio en la cima del Vaticano se dará ahora sin solución de continuidad, aunque con un carácter muy propio y personal, ya que, desde luego, el temperamento del nuevo Papa es muy diverso -y en algunos aspectos hasta contrario- al de su antecesor. En efecto, a un Papa viajero y comunicador sucede otro intelectual y más tímido. Sin embargo, cabe esperar que no tardará en dar muestras de un estilo propio, que es el que le ha granjeado grandes adhesiones pero también grandes oposiciones.
La elección del Cardenal Ratzinger puede haberse debido en gran parte a la homilía pronunciada el lunes 18, durante la misa votiva del Espíritu Santo, en la que describió con su estilo característico -claro y corajudo- la situación de la Iglesia y del mundo en los presentes momentos.
El nombre adoptado por el neoelecto es también revelador: Benedicto XVI. No podemos dejar de pensar en los dos últimos Benedictos, que parecen ser como dos fuentes de inspiración para un pontificado que será, sin duda, muy especial: Benedicto XIV (Prospero Lambertini), insigne intelectual y canonista , y Benedicto XV, el Papa de la difícil situación de Entreguerra después de la cruenta conflagración del 14, el gran fautor de la paz en medio de la incomprensión de las potencias y el benefactor de tantas víctimas de la terrible contienda. También puede pensarse en San Benito de Nursia, el patriarca de la orden benedictina, evangelizador de Europa en el siglo VI, de una Europa de la que, tal vez, Benedicto XVI se siente el moderno cristianizador.
26 noviembre 2000
LA PRENSA DEL CORAZÓN Y DE LAS VÍSCERAS
Nada mejor para empezar esta columna que que manifestar mi alegria por el hecho de que aparezca una nueva publicacion. No hay duda de que para cualquiera es deseable que aparezca una revista que contribuye a enriquecer el debate ciudadano. Ademas, parece que esta va a favorecer desde su inicio la libertad de expresion y el derecho a la informacion con toda libertad, sin compromisos inconfesables. Personalmente me ilusiona el poder expresarme sin censura.
Aprovechando esta ocasion que se me brinda, me gustaria exponer algunos criterios acerca de la etica de lo que se da en llamar el mundo del corazon (como si hubiese “mundos” politicos, economicos, artisticos, etc., pero no se puede luchar contra el uso, que es el arbitro de la lengua). Como no creo que puede acabar lo que tengo que decir en el espacio que me han asignado, espero que la semana proxima me recibiran de nuevo para finalizar.
Mucho se discute en las tertulias –en los medios de comunicacion o fuera de ellos- acerca de los famosos y de la prensa del corazon, pero siempre desde visiones parciales, interesadas, desinformadas o pasionales. Se impone una critica rigurosa desde la etica y el derecho.
Cualquier analista de la naturaleza humana descubre que el Hombre (“homo” y no “vir”) ha sido creado con una enorme sed de conocimiento. El hombre esta a la busqueda de la Verdad, del saber. Por ello me preocupa mucho cuando veo a jovenes –y no tan jovenes- que solo estan interesados en disfrutar y a los que poco les preocupa aprender cosas. Sin embargo, hasta el mas cretino quiere saber algo.
El hombre, por otra parte, pervierte muchas veces sus finalidades. Asi, en lugar de buscar el saber de lo que resulta enriquecedor para el, prefiere ocuparse de saberes inutiles. Y muchas veces se prefiere saber si el vecino se pelea con su mujer antes que de quien era Pasteur. Se prefiere conocer los detalles sin importancia de la vida de los demas al conocimiento de la Ciencia o de la Historia.
Otra de las caracteristicas del hombre es la capacidad de comunicacion. El hombre esta destinado a vivir en sociedad y ello solo es posible si se comunica. La sociedad se basa en la comunicacion. De otro modo, seria imposible organizarla. Pero tambien en este ambito puede haber perversiones. La comunicacion es muchas veces de cosas inutiles –cotilleos- o se realiza con propositos destructores –calumnias-.
La prensa y los medios audiovisuales tienden a la satisfaccion de las dos necesidades, del conocimiento y de la comunicacion.
Todo esto esta muy bien –se me dira- pero, ?es verdaderamente tan malo que queramos conocer y comunicar los chismes? Creo que tambien hay que ser comprensivo con la naturaleza humana. El hombre necesita del esparcimiento y del sueno. Es perfectamente licito divertirse y sonar. No lo es el pensar solo en divertirse o vivir fuera de la realidad, pero si hacerlo de vez en cuando. Con ello se impulsa la creatividad. Obviamente esta necesidad puede satisfacerse, por ejemplo, con el arte. Pero tambien el “cotilleo” tiene su espacio. Y la prensa rosa ayuda a tal proposito. Por tanto, su existencia resulta legitima. Sin embargo, para que se mantenga dentro del terreno de la legitimidad conviene analizar sus limites, pero para ello es preciso antes conocerla.
La funcion que ahora cumple la prensa de “cotilleo” la desempenaban en tiempos anteriores el foro o la plaza del pueblo y la propia literatura. Cualquier aficionado a la literatura vera en las francesas “Cronicas del ojo de buey” una prensa rosa “avant la lettre”. Los primeros periodicos que aparecieron no se ocupaban directamente del cotilleo, pero si de la vida social. Y es que resulta muy dificil marcar los limites entre la prensa convencional y la rosa. Es muy facil afirmar que el bombardeo de posiciones palestinas pertenece a la primera y que la boda de mi admirada Nuria Roca pertenece a la segunda. Pero la caida de un ministro por su relacion con una bailarina no sabriamos donde colocarla.
Este es solo el primero de los problemas que nos plantea la prensa del corazon. Si Dios quiere, y el director lo permite, veremos otros.
Evolución de la prensa rosa a la prensa del corazón
Resultaría muy curioso –y quizá más adelante lo hagamos- explicar el porqué de los distintos colores atribuidos a los diferentes géneros de prensa. La cuestión que aquí nos interesa es que la prensa de sociedad fue adjetivada como “rosa”. Cuando vemos las cosas “de color de rosa” es porque todo es maravilloso. Y así es cómo se veían en su inicio las cosas a través de la prensa de sociedad. El objeto de ésta eran los bailes, las ceremonias y todos los aspectos más deslumbrantes de la vida social. Obviamente existían las desgracias y las calamidades, pero esa prensa procuraba entretenimiento y hacía soñar a sus lectores, que a buen seguro no podían disfrutar de la “douceur de vivre”. Los asuntos escabrosos quedaban relegados a otro tipo de publicaciones. ¿Se acuerdan Vds. de “El Caso”?
Sin embargo, en la actualidad difícilmente podríamos calificar a esa prensa de “rosa”. La prensa ha ido sufriendo una evolución de consuno con la sociedad. Las influencias recíprocas entre la prensa de sociedad y la sociedad tendrían que ser objeto de una tesis doctoral. Apuntaremos aquí sólo algunas ideas.
Muchos se mofaron de San Pío X y de los Papas que criticaban el “americanismo”, pero ¡cuanta razón tenían! Seguro que a Vds., como a mi, les gustan muchísimo las viejas películas de Hollywood. Recientemente he leído un voluminoso libro sobre la cruzada moral en el cine americano. La producción cinematográfica estaba sometida a un rígido código ético. Todavía hoy quedan rastros de él en América y así ocurre con frecuencia que algunas escenas de películas tienen dos versiones: una para América, donde aún persisten algunos criterios morales, y otra para Europa, donde aquéllos han desaparecido. Y dentro de Europa, España ostenta el dudoso honor de ser uno de los países donde todo está permitido. Así, es curioso ver cómo países como el Reino Unido o Francia están discutiendo gravemente acerca de la legalización de cierto tipo de pornografía que en España es perfectamente asequible desde hace ya varios años.
Pues bien, aquellas antiguas películas tan amadas, protagonizadas por actores tan admirados, modificaron en las mentalidades valores hasta entonces indiscutibles, como denunciaba el Papa sastre. Cuando el divorciarse resultaba algo impensable, nos reíamos viendo cómo en “Historia de Filadelfia” la protagonista, después de haber roto con su prometido a causa de una borrachera, decidía en el último minuto volver a casarse con el marido del que se había divorciado. Disfrutamos de tantas películas que fueron cambiando poco a poco los valores de la sociedad. Después la legislación se adaptó a lo que paulatinamente se iba considerando como aceptable.
Asimismo la prensa rosa –los “Spy magazine” de la época, por seguir con el ejemplo cinematográfico- empezó a aumentar las páginas que dedicaba a los galanes de las pantallas y a sus mutaciones sentimentales. La prensa pasó de “rosa” a prensa del “corazón”, pues éste es el órgano del cuerpo humano con el que simbólicamente se asocia el amor. Pero la prensa recogía no sólo los amores, sino también los desamores y los divorcios. Eso sí, se recogía todo con elegancia. No se buscaba el escándalo ni la exposición de lo sórdido. Se mantenía el “estilo rosa”, aunque la realidad no fuese ya de este color. En muchas ocasiones he tenido que indicar a padres preocupados por la depravación de los cantantes de rock o de otros ídolos de sus hijos (sirva de ejemplo Gloria Trevi, procesada por corrupción de menores o los grupos de música satánica), que tampoco los artistas a los que ellos admiraron eran inmaculados, aunque la mayor parte de la obscura realidad no era publicada y la parte que lo era se presentaba de un modo “muy elegante”. Sin duda la prensa y en especial la del corazón tienen una importante responsabilidad en el cambio de los valores de la sociedad.
Un crítico de cine me contó en una ocasión cuál era, según él, la diferencia entre las tres últimas generaciones. Los abuelos creían en unos valores y actuaban de acuerdo con ellos. Los padres no creían en esos valores pero actuaban de acuerdo con ellos por el qué dirán. Los jóvenes no creen en los valores y actúan prescindiendo de ellos, ufanándose de sinceridad. Esa misma evolución se ha producido en la prensa del corazón. Éste es el órgano no sólo del amor, sino de la pasión en general. También el dolor, las desgracias familiares, los celos, las infidelidades empezaron a ser tratadas en la prensa del corazón. Y ésta ya no sólo pretendió entretener por medio de la presentación de imágenes maravillosas sino saciar una curiosidad cada vez más malsana por medio de los escándalos y las desgracias.
En una fase ulterior la prensa del corazón se convirtió en prensa “de los famosos”, pero esto lo veremos la próxima semana, si Dios quiere.
Evolución de la prensa del corazón a la prensa de los famosos
La prensa a la que nos referimos ya no puede ser definida como “rosa” ni como “del corazón”. Lo que la define actualmente es su objeto, los famosos.
Es frecuente que algunos comentaristas con absurdas pretensiones intelectuales establezcan una diferencia entre los “famosos” y los “populares”. Por más vueltas que se le dé no es fácil saber quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque a veces son muy queridos o populares personajes absolutamente estúpidos y zánganos y se puede ser famoso por inventar la radio o por quemar una ciudad. Las revistas no hacen distinción: se ocupan de los conocidos.
Los categoría de personajes de los que se ocupa este tipo de prensa ha variado con la modificación de la sociedad. Como ya se dijo, antiguamente se pretendía mostrar lo más brillante de la vida social, por lo que los personajes con importancia social y medios económicos, los monarcas, aristócratas y algunos políticos e industriales –que intentaban rápidamente ennoblecerse- eran los personajes favoritos. Pero las formas políticas y los valores cambiaron. Así cada vez se dio más importancia a una categoría profesional que tradicionalmente había estado marginada, la artística. Hoy llama la atención el leer viejas crónicas en las que se refiere cómo en París las limosnas de los actores para obras pías eran aceptadas a pesar de que ellos estaban muy mal considerados o cómo hasta hace muy poco tenían prohibido alojarse en ciertos hoteles. La moralidad de los artistas, debido al tipo de vida bohemia y algo promiscuo que llevaban, fue históricamente muy criticada. Pero, a medida que también la moralidad de la sociedad varió, éstos fueron mejor aceptados y la prensa empezó a ocuparse no sólo de su trabajo, sino también de su vida privada.
Con los cambios políticos también desapareció la influencia de la aristocracia y sólo algunos de sus miembros han permanecido como objeto de la prensa del corazón. La presencia de las monarquías en la prensa resulta bastante contradictoria. Por una parte la monarquía se encuentra desposeída de la mayor parte de su poder y la presión de los medios de comunicación social en nuestros días es en favor de la austeridad. Así los políticos y la prensa han hecho desaparecer títulos y formas protocolarias calificándolas de anticuadas. Los viejos poderes –la Iglesia, la Monarquía, el Ejército,...- se encuentran atemorizados ante la posibilidad de que la opinión pública pueda acusarles de ser rancios. Sin embargo, por otra parte la prensa del corazón no duda en mostrar en todo su esplendor las maravillosas casas de los artistas o de los nuevos ricos. Ahí parece que el lujo y la ostentación ya no resultan insultantes a la mentalidad moderna. Obviamente, detrás de ello se esconde una opción política. No obstante, los medios de comunicación tienen que doblegarse a la natural fascinación que las monarquías ejercen. Las bodas, aniversarios y otras celebraciones de los monarcas o de sus familias levantan la mayor expectación. Piénsese sólo en el aniversario de la reina madre el pasado agosto.
Hasta hace muy poco podría decirse que los personajes objeto de la prensa del corazón lo eran porque tenían algún poder social, desempeñaban una profesión de relevancia pública, destacaban por su elegancia o se encontraban familiarmente unidos a cualquiera de ellos. Precisamente en esta última categoría se da la evolución.
La aristocracia está formada por los descendientes de aquellos que en su momento realizaron alguna contribución importante a la sociedad. Así la fama que le hace objeto de la prensa del corazón es heredada. Por otra parte la familia, embrión de la sociedad, se convierte en objeto de la prensa del corazón por encontrarse sus miembros unidos por importante vínculo.
Al mismo tiempo que ha cambiado la sociedad, han variado también los personajes de las revistas del colorín. Antes se hablaba de la cónyuge o de la prometida de un cantante, después se empezó a hablar de la segunda o posteriores esposas, después de la madre de su hijo, a continuación de la pareja con la que cohabitaba, después de los rollos o ligues más o menos serios, finalmente de la furcia con quien ha compartido cama una noche o realizado alguna extraña perversión sexual y, como broche, de la golfilla candidata a famosa sin oficio que se echa unas fotos con un famoso y se inventa cualquier historia espeluznante.
Con éstas últimas se inventa la fama por roce y como rozar es tan fácil ya tienen ahí una cantera para crear famosos de un día para otro.
La Iglesia y la prensa del corazón
Me permito tratar de la Iglesia y de la prensa del corazón por mi propia condición y porque seguramente a nadie se le habrá ocurrido reflexionar sobre ello.
No hay duda de que en muchos aspectos la Iglesia ha cambiado, como lo ha hecho su lugar en la sociedad. Durante siglos la Iglesia ha sido protagonista –muchas veces antagonista- de la Historia, con lo que su estructura y organización se han visto afectadas, y ha llegado a impregnar muchos ámbitos sociales. La importancia de la Iglesia y su doctrina en la configuración social han sido determinantes. Así, no es de extrañar la presencia de la Iglesia en la Corte, la política y los medios de comunicación, ... En el aspecto protocolario la importancia de los eclesiásticos fue enorme. La pérdida de influencia de la Iglesia en la sociedad, por causas externas e internas, ha supuesto su marginación en muchos ámbitos. Los eclesiásticos participaban en las grandes recepciones de la Corte o –más recientemente- acudían a bendecir cada obra pública que era finalizada. La Iglesia estaba presente en la vida de todos, tanto en las manifestaciones privadas como en las públicas. Con el advenimiento de nuevas ideologías, a la par que la aristocracia, la Iglesia ha disminuido casi completamente su influencia. Sólo un ejemplo. En el Protocolo general del Estado se consideró que, en una sociedad aconfesional –a la que algunos desacertadamente llaman laica-, los eclesiásticos son simples ciudadanos. Así se llega al ridículo de que en un acto público un Cardenal, príncipe de la Iglesia, no tiene derecho a un lugar. Para solucionar el despropósito se tuvo que poner un parche por medio de una circular que no acaba de dar a los eclesiásticos el lugar que tradicionalmente les corresponde. Podrá objetarse que el actual desaliño de muchos prelados les hace incapaces de participar brillantemente en un acto social. Es verdad. La Iglesia, ciertamente presionada para permanecer en las sacristías u ocupándose en obras de caridad con el objeto de disminuir su influencia social, se ha culpablemente marginado al no asistir sus ministros a los actos sociales, al haber prescindido de los hábitos y al haber suprimido toda la pompa que rodeaba su actividad y liturgia. Las ceremonias son vulgares, los eclesiásticos no van a actos públicos y si van llevan una pinta... por lo que es difícil que se ocupen de ellos las revistas del corazón. Al igual que lo ha hecho la aristocracia, la Iglesia podría haber salvado una presencia reducida pero testimonial en la prensa del corazón.
También existe culpa por la otra parte. A este propósito les contaré una anécdota. Hace años un servidor colaboraba en una prestigiosa publicación extranjera dedicada a la vida social y a la aristocracia. Recordando los no muy lejanos tiempos en que la revista de información general americana “Life” dedicaba una quincena de páginas a mostrar las fotografías de un desfile de cardenales vestidos con armiño y enormes capas púrpuras que se acercaban a besar el calzado de Juan XXIII en su trono, coronado con la tiara pontificia, propuso a la redactora jefe realizar un reportaje a un cardenal, al fin y al cabo también príncipe del Estado de la Ciudad del Vaticano. La redactora, mujer cultísima y refinada, arguyó que actualmente la Iglesia, al haberse privado de todo su boato, carecía de interés para una revista “rosa”. La réplica fue rápida: “se trataría de un cardenal que aún usa zapatos de tacón rojo con hebilla de plata y capa púrpura de doce metros”. Al final tuvo que confesar que lo que no interesaba hoy en día era la Iglesia en tal género de publicación. ¿Se han dado cuenta de que eclesiásticos aparecen hoy en día en este tipo de revistas? Se lo diré: el Sumo Pontífice, pero no a causa de la altísima dignidad que ostenta ni de sus galas, sino por las enormes multitudes que congrega, es decir, como si se tratara de una estrella de la canción; el que bautiza o casa a algún famoso, la mayoría de las veces de espalda o parcialmente y sin citarle, a causa del famoso que es noticia; y finalmente, de modo muy extraordinario, algún meritorio eclesiástico en una misión u obra social, no por el hecho de ser eclesiástico. Excepciones: el padre Mundina, muy raramente y habiendo obtenido su merecida fama en tiempos más propicios por su afición a la floricultura, el padre Pilón, por sus habilidades radiostésicas, el cura Lezama por sus restaurantes y el extraordinario padre Bartolomé Vicens, alma del Proyecto Hombre. A un servidor aparecer con regularidad en tal prensa le ha costado no pocas calumnias y sinsabores, pero lo más triste es que no ha aparecido debido a su condición eclesiástica, sino por su trabajo televisivo. En Italia, por ejemplo, la presencia de los eclesiásticos es mucho más común. Algunos poquísimos eclesiásticos han podido salvar los viejos tiempos en raros institutos religiosos, como capellanes de congregaciones nobiliarias, en puestos públicos a extinguir o en la carrera diplomática, pero no en la crónica de sociedad. Addio per sempre al antiguo esplendor.
Nótese que por parte de los eclesiásticos también existe una ignorancia de la prensa del corazón. Han realizado cambios inconvenientes para abrirse al mundo, pero no entienden ni comunican con la prensa del corazón. Atención especial merece el comportamiento de algunos eclesiásticos respecto de exclusivas de bodas y bautizos, pero ya hablaremos de ello más adelante.
La verdad en la prensa rosa
No hay duda de que la prensa del corazón se ha revolucionado y ha hecho lo propio con la sociedad. En estos últimos tiempos la prensa del corazón ha alcanzado una popularidad sin precedentes. Quizá el sistema liberal desprovisto de conceptos como la solidaridad o el perfeccionamiento interior, lleva a que la sociedad admire a los guapos, ricos y famosos, a los triunfadores, y no se preocupe por los necesitados ni por el propio crecimiento moral, cultural y espiritual. Lo que es un hecho es que la vida de los famosos interesa más que nunca. También, sus desgracias, con las que se ceba la envidia. La prensa, cuya razón de ser es la información, se ha convertido a menudo en simple fuente de entretenimiento cuyo único objetivo es el beneficio económico. Así, la prensa quiere producir espectáculo más que informar de la realidad. El espectáculo de los famosos interesa mucho y al fin y al cabo la información acerca de ellos no pretende la formación de una opinión pública que pueda participar en el sistema político, ni satisfacer un legítimo interés histórico, científico o cultural. Se trata de entretener. ¿Se acuerdan ustedes de las fotonovelas? Unos personajes de carne y hueso representaban una historia de ficción en fotografías y éstas se imprimían en una publicación.
La moderna tecnología permite la realidad virtual. Así nunca lleganos a saber si las imágenes que vemos en la televisión, en las que un ave muere en el mar en un charco de petróleo, se han tomado en la zona del bombardeo de los pozos petrolíferos por parte de Saddam Hussein o en otra en la que una nave ha dejado escapar toneladas de crudo. Si en las cosas serias se engaña, ¿por qué no hacerlo en las cosas de la prensa del corazón que al fin y al cabo son frivolidades cuya veracidad no determina la vida del lector? Se ha llegado a un extremo en el que resulta difícil distinguir entre información y entretenimiento. La verdad cede ante la ilusión.
La enorme popularidad de los temas de los famosos ha llevado a una proliferación de programas televisivos acerca de esta materia. El problema surge cuando existen más programas que contenidos. Es decir, cuando no hay suficientes famosos o no producen suficientes noticias como para rellenar los programas. La solución es obvia: aumentar el número de noticias o el de famosos.
Si la noticia se refiere a un hecho real y sólo unas pocas actividades de los famosos concitan el interés del público, los contenidos escasearán. La solución se encuentra en prescindir de la verdad y crear noticias más o menos verosímiles, pero más falsas que un duro sevillano. Si lo único que interesa de un famoso son sus verdaderas conquistas amorosas, es obvio que éstas son bastante limitadas, pero si se inventan, se pueden llenar horas y horas de programación. Otro día veremos la relación prensa famoso y qué son los “montajes”.
Pero un tipo especial de “montajes” son los que se realizan con el propósito de crear una nueva famosa. Si para ser famoso hubiese que hacer algo meritorio, ello llevaría tiempo: no puede aprenderse solfeo, interpretación, danza o a hablar en televisión y destacar en ello en una semana. También emparentar seriamente con algún famoso resultaría laborioso. Pero existe otra posibilidad: el montaje. Les cuento cómo funciona.
En el origen nos encontramos con uno que ejerce el oficio de lo que él entiende por periodista, aunque en muchas ocasiones no es más que un tipo armado con una cámara de fotos y desarmado de ética profesional con una enorme voracidad económica. Este individuo sabe que encontrar una noticia interesante no es fácil, que no siempre está bien pagada y que hay mucha competencia. Por otra parte para realizar una investigación profunda de un tema de actualidad o bien no tiene capacidad o bien teme que pueda traerle problemas y, sin embargo, quiere dinero. Entonces piensa que lo más fácil es dedicarse a la creación de noticias, cuanto más escandalosas mejor. No obstante, se da cuenta de que en ciertos ámbitos esto puede resultar peligroso, así que se decide por el tema “del corazón” que además está de moda. Se da cuenta también de que a muchos editores no les preocupa demasiado la veracidad de lo que publican con tal de que entretenga a los lectores. Sabe también que los escándalos relacionados con el sexo siempre interesan. Sólo le queda buscar a los personajes que lo protagonicen. Convencer a los ya famosos a veces resulta difícil, porque quizá consideren que una falsa noticia sobre su vida pueda perjudicar su carrera o porque ya están traficando con otro “periodista”.
El “asesino” o el “terrorista” –es así como se les llama en el argot- decide crear un nueva famosa y la manera más fácil de crearlo es por “roce”. Primero tiene que elegir a la que va a convertir en famosa, tarea sencillísima. Lo veremos en el próximo artículo.
¿Cómo crear una famosa de usar y tirar?
La relación prensa-famosos
(Serie de artículos para la revista “Dígame”)
Francamente, yo no sé
cómo algún lector sensato
no me pegó un puntapié
por necio y por mentecato.
(Vital Aza)
Aprovechando esta ocasion que se me brinda, me gustaria exponer algunos criterios acerca de la etica de lo que se da en llamar el mundo del corazon (como si hubiese “mundos” politicos, economicos, artisticos, etc., pero no se puede luchar contra el uso, que es el arbitro de la lengua). Como no creo que puede acabar lo que tengo que decir en el espacio que me han asignado, espero que la semana proxima me recibiran de nuevo para finalizar.
Mucho se discute en las tertulias –en los medios de comunicacion o fuera de ellos- acerca de los famosos y de la prensa del corazon, pero siempre desde visiones parciales, interesadas, desinformadas o pasionales. Se impone una critica rigurosa desde la etica y el derecho.
Cualquier analista de la naturaleza humana descubre que el Hombre (“homo” y no “vir”) ha sido creado con una enorme sed de conocimiento. El hombre esta a la busqueda de la Verdad, del saber. Por ello me preocupa mucho cuando veo a jovenes –y no tan jovenes- que solo estan interesados en disfrutar y a los que poco les preocupa aprender cosas. Sin embargo, hasta el mas cretino quiere saber algo.
El hombre, por otra parte, pervierte muchas veces sus finalidades. Asi, en lugar de buscar el saber de lo que resulta enriquecedor para el, prefiere ocuparse de saberes inutiles. Y muchas veces se prefiere saber si el vecino se pelea con su mujer antes que de quien era Pasteur. Se prefiere conocer los detalles sin importancia de la vida de los demas al conocimiento de la Ciencia o de la Historia.
Otra de las caracteristicas del hombre es la capacidad de comunicacion. El hombre esta destinado a vivir en sociedad y ello solo es posible si se comunica. La sociedad se basa en la comunicacion. De otro modo, seria imposible organizarla. Pero tambien en este ambito puede haber perversiones. La comunicacion es muchas veces de cosas inutiles –cotilleos- o se realiza con propositos destructores –calumnias-.
La prensa y los medios audiovisuales tienden a la satisfaccion de las dos necesidades, del conocimiento y de la comunicacion.
Todo esto esta muy bien –se me dira- pero, ?es verdaderamente tan malo que queramos conocer y comunicar los chismes? Creo que tambien hay que ser comprensivo con la naturaleza humana. El hombre necesita del esparcimiento y del sueno. Es perfectamente licito divertirse y sonar. No lo es el pensar solo en divertirse o vivir fuera de la realidad, pero si hacerlo de vez en cuando. Con ello se impulsa la creatividad. Obviamente esta necesidad puede satisfacerse, por ejemplo, con el arte. Pero tambien el “cotilleo” tiene su espacio. Y la prensa rosa ayuda a tal proposito. Por tanto, su existencia resulta legitima. Sin embargo, para que se mantenga dentro del terreno de la legitimidad conviene analizar sus limites, pero para ello es preciso antes conocerla.
La funcion que ahora cumple la prensa de “cotilleo” la desempenaban en tiempos anteriores el foro o la plaza del pueblo y la propia literatura. Cualquier aficionado a la literatura vera en las francesas “Cronicas del ojo de buey” una prensa rosa “avant la lettre”. Los primeros periodicos que aparecieron no se ocupaban directamente del cotilleo, pero si de la vida social. Y es que resulta muy dificil marcar los limites entre la prensa convencional y la rosa. Es muy facil afirmar que el bombardeo de posiciones palestinas pertenece a la primera y que la boda de mi admirada Nuria Roca pertenece a la segunda. Pero la caida de un ministro por su relacion con una bailarina no sabriamos donde colocarla.
Este es solo el primero de los problemas que nos plantea la prensa del corazon. Si Dios quiere, y el director lo permite, veremos otros.
Evolución de la prensa rosa a la prensa del corazón
Resultaría muy curioso –y quizá más adelante lo hagamos- explicar el porqué de los distintos colores atribuidos a los diferentes géneros de prensa. La cuestión que aquí nos interesa es que la prensa de sociedad fue adjetivada como “rosa”. Cuando vemos las cosas “de color de rosa” es porque todo es maravilloso. Y así es cómo se veían en su inicio las cosas a través de la prensa de sociedad. El objeto de ésta eran los bailes, las ceremonias y todos los aspectos más deslumbrantes de la vida social. Obviamente existían las desgracias y las calamidades, pero esa prensa procuraba entretenimiento y hacía soñar a sus lectores, que a buen seguro no podían disfrutar de la “douceur de vivre”. Los asuntos escabrosos quedaban relegados a otro tipo de publicaciones. ¿Se acuerdan Vds. de “El Caso”?
Sin embargo, en la actualidad difícilmente podríamos calificar a esa prensa de “rosa”. La prensa ha ido sufriendo una evolución de consuno con la sociedad. Las influencias recíprocas entre la prensa de sociedad y la sociedad tendrían que ser objeto de una tesis doctoral. Apuntaremos aquí sólo algunas ideas.
Muchos se mofaron de San Pío X y de los Papas que criticaban el “americanismo”, pero ¡cuanta razón tenían! Seguro que a Vds., como a mi, les gustan muchísimo las viejas películas de Hollywood. Recientemente he leído un voluminoso libro sobre la cruzada moral en el cine americano. La producción cinematográfica estaba sometida a un rígido código ético. Todavía hoy quedan rastros de él en América y así ocurre con frecuencia que algunas escenas de películas tienen dos versiones: una para América, donde aún persisten algunos criterios morales, y otra para Europa, donde aquéllos han desaparecido. Y dentro de Europa, España ostenta el dudoso honor de ser uno de los países donde todo está permitido. Así, es curioso ver cómo países como el Reino Unido o Francia están discutiendo gravemente acerca de la legalización de cierto tipo de pornografía que en España es perfectamente asequible desde hace ya varios años.
Pues bien, aquellas antiguas películas tan amadas, protagonizadas por actores tan admirados, modificaron en las mentalidades valores hasta entonces indiscutibles, como denunciaba el Papa sastre. Cuando el divorciarse resultaba algo impensable, nos reíamos viendo cómo en “Historia de Filadelfia” la protagonista, después de haber roto con su prometido a causa de una borrachera, decidía en el último minuto volver a casarse con el marido del que se había divorciado. Disfrutamos de tantas películas que fueron cambiando poco a poco los valores de la sociedad. Después la legislación se adaptó a lo que paulatinamente se iba considerando como aceptable.
Asimismo la prensa rosa –los “Spy magazine” de la época, por seguir con el ejemplo cinematográfico- empezó a aumentar las páginas que dedicaba a los galanes de las pantallas y a sus mutaciones sentimentales. La prensa pasó de “rosa” a prensa del “corazón”, pues éste es el órgano del cuerpo humano con el que simbólicamente se asocia el amor. Pero la prensa recogía no sólo los amores, sino también los desamores y los divorcios. Eso sí, se recogía todo con elegancia. No se buscaba el escándalo ni la exposición de lo sórdido. Se mantenía el “estilo rosa”, aunque la realidad no fuese ya de este color. En muchas ocasiones he tenido que indicar a padres preocupados por la depravación de los cantantes de rock o de otros ídolos de sus hijos (sirva de ejemplo Gloria Trevi, procesada por corrupción de menores o los grupos de música satánica), que tampoco los artistas a los que ellos admiraron eran inmaculados, aunque la mayor parte de la obscura realidad no era publicada y la parte que lo era se presentaba de un modo “muy elegante”. Sin duda la prensa y en especial la del corazón tienen una importante responsabilidad en el cambio de los valores de la sociedad.
Un crítico de cine me contó en una ocasión cuál era, según él, la diferencia entre las tres últimas generaciones. Los abuelos creían en unos valores y actuaban de acuerdo con ellos. Los padres no creían en esos valores pero actuaban de acuerdo con ellos por el qué dirán. Los jóvenes no creen en los valores y actúan prescindiendo de ellos, ufanándose de sinceridad. Esa misma evolución se ha producido en la prensa del corazón. Éste es el órgano no sólo del amor, sino de la pasión en general. También el dolor, las desgracias familiares, los celos, las infidelidades empezaron a ser tratadas en la prensa del corazón. Y ésta ya no sólo pretendió entretener por medio de la presentación de imágenes maravillosas sino saciar una curiosidad cada vez más malsana por medio de los escándalos y las desgracias.
En una fase ulterior la prensa del corazón se convirtió en prensa “de los famosos”, pero esto lo veremos la próxima semana, si Dios quiere.
Evolución de la prensa del corazón a la prensa de los famosos
La prensa a la que nos referimos ya no puede ser definida como “rosa” ni como “del corazón”. Lo que la define actualmente es su objeto, los famosos.
Es frecuente que algunos comentaristas con absurdas pretensiones intelectuales establezcan una diferencia entre los “famosos” y los “populares”. Por más vueltas que se le dé no es fácil saber quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque a veces son muy queridos o populares personajes absolutamente estúpidos y zánganos y se puede ser famoso por inventar la radio o por quemar una ciudad. Las revistas no hacen distinción: se ocupan de los conocidos.
Los categoría de personajes de los que se ocupa este tipo de prensa ha variado con la modificación de la sociedad. Como ya se dijo, antiguamente se pretendía mostrar lo más brillante de la vida social, por lo que los personajes con importancia social y medios económicos, los monarcas, aristócratas y algunos políticos e industriales –que intentaban rápidamente ennoblecerse- eran los personajes favoritos. Pero las formas políticas y los valores cambiaron. Así cada vez se dio más importancia a una categoría profesional que tradicionalmente había estado marginada, la artística. Hoy llama la atención el leer viejas crónicas en las que se refiere cómo en París las limosnas de los actores para obras pías eran aceptadas a pesar de que ellos estaban muy mal considerados o cómo hasta hace muy poco tenían prohibido alojarse en ciertos hoteles. La moralidad de los artistas, debido al tipo de vida bohemia y algo promiscuo que llevaban, fue históricamente muy criticada. Pero, a medida que también la moralidad de la sociedad varió, éstos fueron mejor aceptados y la prensa empezó a ocuparse no sólo de su trabajo, sino también de su vida privada.
Con los cambios políticos también desapareció la influencia de la aristocracia y sólo algunos de sus miembros han permanecido como objeto de la prensa del corazón. La presencia de las monarquías en la prensa resulta bastante contradictoria. Por una parte la monarquía se encuentra desposeída de la mayor parte de su poder y la presión de los medios de comunicación social en nuestros días es en favor de la austeridad. Así los políticos y la prensa han hecho desaparecer títulos y formas protocolarias calificándolas de anticuadas. Los viejos poderes –la Iglesia, la Monarquía, el Ejército,...- se encuentran atemorizados ante la posibilidad de que la opinión pública pueda acusarles de ser rancios. Sin embargo, por otra parte la prensa del corazón no duda en mostrar en todo su esplendor las maravillosas casas de los artistas o de los nuevos ricos. Ahí parece que el lujo y la ostentación ya no resultan insultantes a la mentalidad moderna. Obviamente, detrás de ello se esconde una opción política. No obstante, los medios de comunicación tienen que doblegarse a la natural fascinación que las monarquías ejercen. Las bodas, aniversarios y otras celebraciones de los monarcas o de sus familias levantan la mayor expectación. Piénsese sólo en el aniversario de la reina madre el pasado agosto.
Hasta hace muy poco podría decirse que los personajes objeto de la prensa del corazón lo eran porque tenían algún poder social, desempeñaban una profesión de relevancia pública, destacaban por su elegancia o se encontraban familiarmente unidos a cualquiera de ellos. Precisamente en esta última categoría se da la evolución.
La aristocracia está formada por los descendientes de aquellos que en su momento realizaron alguna contribución importante a la sociedad. Así la fama que le hace objeto de la prensa del corazón es heredada. Por otra parte la familia, embrión de la sociedad, se convierte en objeto de la prensa del corazón por encontrarse sus miembros unidos por importante vínculo.
Al mismo tiempo que ha cambiado la sociedad, han variado también los personajes de las revistas del colorín. Antes se hablaba de la cónyuge o de la prometida de un cantante, después se empezó a hablar de la segunda o posteriores esposas, después de la madre de su hijo, a continuación de la pareja con la que cohabitaba, después de los rollos o ligues más o menos serios, finalmente de la furcia con quien ha compartido cama una noche o realizado alguna extraña perversión sexual y, como broche, de la golfilla candidata a famosa sin oficio que se echa unas fotos con un famoso y se inventa cualquier historia espeluznante.
Con éstas últimas se inventa la fama por roce y como rozar es tan fácil ya tienen ahí una cantera para crear famosos de un día para otro.
La Iglesia y la prensa del corazón
Me permito tratar de la Iglesia y de la prensa del corazón por mi propia condición y porque seguramente a nadie se le habrá ocurrido reflexionar sobre ello.
No hay duda de que en muchos aspectos la Iglesia ha cambiado, como lo ha hecho su lugar en la sociedad. Durante siglos la Iglesia ha sido protagonista –muchas veces antagonista- de la Historia, con lo que su estructura y organización se han visto afectadas, y ha llegado a impregnar muchos ámbitos sociales. La importancia de la Iglesia y su doctrina en la configuración social han sido determinantes. Así, no es de extrañar la presencia de la Iglesia en la Corte, la política y los medios de comunicación, ... En el aspecto protocolario la importancia de los eclesiásticos fue enorme. La pérdida de influencia de la Iglesia en la sociedad, por causas externas e internas, ha supuesto su marginación en muchos ámbitos. Los eclesiásticos participaban en las grandes recepciones de la Corte o –más recientemente- acudían a bendecir cada obra pública que era finalizada. La Iglesia estaba presente en la vida de todos, tanto en las manifestaciones privadas como en las públicas. Con el advenimiento de nuevas ideologías, a la par que la aristocracia, la Iglesia ha disminuido casi completamente su influencia. Sólo un ejemplo. En el Protocolo general del Estado se consideró que, en una sociedad aconfesional –a la que algunos desacertadamente llaman laica-, los eclesiásticos son simples ciudadanos. Así se llega al ridículo de que en un acto público un Cardenal, príncipe de la Iglesia, no tiene derecho a un lugar. Para solucionar el despropósito se tuvo que poner un parche por medio de una circular que no acaba de dar a los eclesiásticos el lugar que tradicionalmente les corresponde. Podrá objetarse que el actual desaliño de muchos prelados les hace incapaces de participar brillantemente en un acto social. Es verdad. La Iglesia, ciertamente presionada para permanecer en las sacristías u ocupándose en obras de caridad con el objeto de disminuir su influencia social, se ha culpablemente marginado al no asistir sus ministros a los actos sociales, al haber prescindido de los hábitos y al haber suprimido toda la pompa que rodeaba su actividad y liturgia. Las ceremonias son vulgares, los eclesiásticos no van a actos públicos y si van llevan una pinta... por lo que es difícil que se ocupen de ellos las revistas del corazón. Al igual que lo ha hecho la aristocracia, la Iglesia podría haber salvado una presencia reducida pero testimonial en la prensa del corazón.
También existe culpa por la otra parte. A este propósito les contaré una anécdota. Hace años un servidor colaboraba en una prestigiosa publicación extranjera dedicada a la vida social y a la aristocracia. Recordando los no muy lejanos tiempos en que la revista de información general americana “Life” dedicaba una quincena de páginas a mostrar las fotografías de un desfile de cardenales vestidos con armiño y enormes capas púrpuras que se acercaban a besar el calzado de Juan XXIII en su trono, coronado con la tiara pontificia, propuso a la redactora jefe realizar un reportaje a un cardenal, al fin y al cabo también príncipe del Estado de la Ciudad del Vaticano. La redactora, mujer cultísima y refinada, arguyó que actualmente la Iglesia, al haberse privado de todo su boato, carecía de interés para una revista “rosa”. La réplica fue rápida: “se trataría de un cardenal que aún usa zapatos de tacón rojo con hebilla de plata y capa púrpura de doce metros”. Al final tuvo que confesar que lo que no interesaba hoy en día era la Iglesia en tal género de publicación. ¿Se han dado cuenta de que eclesiásticos aparecen hoy en día en este tipo de revistas? Se lo diré: el Sumo Pontífice, pero no a causa de la altísima dignidad que ostenta ni de sus galas, sino por las enormes multitudes que congrega, es decir, como si se tratara de una estrella de la canción; el que bautiza o casa a algún famoso, la mayoría de las veces de espalda o parcialmente y sin citarle, a causa del famoso que es noticia; y finalmente, de modo muy extraordinario, algún meritorio eclesiástico en una misión u obra social, no por el hecho de ser eclesiástico. Excepciones: el padre Mundina, muy raramente y habiendo obtenido su merecida fama en tiempos más propicios por su afición a la floricultura, el padre Pilón, por sus habilidades radiostésicas, el cura Lezama por sus restaurantes y el extraordinario padre Bartolomé Vicens, alma del Proyecto Hombre. A un servidor aparecer con regularidad en tal prensa le ha costado no pocas calumnias y sinsabores, pero lo más triste es que no ha aparecido debido a su condición eclesiástica, sino por su trabajo televisivo. En Italia, por ejemplo, la presencia de los eclesiásticos es mucho más común. Algunos poquísimos eclesiásticos han podido salvar los viejos tiempos en raros institutos religiosos, como capellanes de congregaciones nobiliarias, en puestos públicos a extinguir o en la carrera diplomática, pero no en la crónica de sociedad. Addio per sempre al antiguo esplendor.
Nótese que por parte de los eclesiásticos también existe una ignorancia de la prensa del corazón. Han realizado cambios inconvenientes para abrirse al mundo, pero no entienden ni comunican con la prensa del corazón. Atención especial merece el comportamiento de algunos eclesiásticos respecto de exclusivas de bodas y bautizos, pero ya hablaremos de ello más adelante.
La verdad en la prensa rosa
No hay duda de que la prensa del corazón se ha revolucionado y ha hecho lo propio con la sociedad. En estos últimos tiempos la prensa del corazón ha alcanzado una popularidad sin precedentes. Quizá el sistema liberal desprovisto de conceptos como la solidaridad o el perfeccionamiento interior, lleva a que la sociedad admire a los guapos, ricos y famosos, a los triunfadores, y no se preocupe por los necesitados ni por el propio crecimiento moral, cultural y espiritual. Lo que es un hecho es que la vida de los famosos interesa más que nunca. También, sus desgracias, con las que se ceba la envidia. La prensa, cuya razón de ser es la información, se ha convertido a menudo en simple fuente de entretenimiento cuyo único objetivo es el beneficio económico. Así, la prensa quiere producir espectáculo más que informar de la realidad. El espectáculo de los famosos interesa mucho y al fin y al cabo la información acerca de ellos no pretende la formación de una opinión pública que pueda participar en el sistema político, ni satisfacer un legítimo interés histórico, científico o cultural. Se trata de entretener. ¿Se acuerdan ustedes de las fotonovelas? Unos personajes de carne y hueso representaban una historia de ficción en fotografías y éstas se imprimían en una publicación.
La moderna tecnología permite la realidad virtual. Así nunca lleganos a saber si las imágenes que vemos en la televisión, en las que un ave muere en el mar en un charco de petróleo, se han tomado en la zona del bombardeo de los pozos petrolíferos por parte de Saddam Hussein o en otra en la que una nave ha dejado escapar toneladas de crudo. Si en las cosas serias se engaña, ¿por qué no hacerlo en las cosas de la prensa del corazón que al fin y al cabo son frivolidades cuya veracidad no determina la vida del lector? Se ha llegado a un extremo en el que resulta difícil distinguir entre información y entretenimiento. La verdad cede ante la ilusión.
La enorme popularidad de los temas de los famosos ha llevado a una proliferación de programas televisivos acerca de esta materia. El problema surge cuando existen más programas que contenidos. Es decir, cuando no hay suficientes famosos o no producen suficientes noticias como para rellenar los programas. La solución es obvia: aumentar el número de noticias o el de famosos.
Si la noticia se refiere a un hecho real y sólo unas pocas actividades de los famosos concitan el interés del público, los contenidos escasearán. La solución se encuentra en prescindir de la verdad y crear noticias más o menos verosímiles, pero más falsas que un duro sevillano. Si lo único que interesa de un famoso son sus verdaderas conquistas amorosas, es obvio que éstas son bastante limitadas, pero si se inventan, se pueden llenar horas y horas de programación. Otro día veremos la relación prensa famoso y qué son los “montajes”.
Pero un tipo especial de “montajes” son los que se realizan con el propósito de crear una nueva famosa. Si para ser famoso hubiese que hacer algo meritorio, ello llevaría tiempo: no puede aprenderse solfeo, interpretación, danza o a hablar en televisión y destacar en ello en una semana. También emparentar seriamente con algún famoso resultaría laborioso. Pero existe otra posibilidad: el montaje. Les cuento cómo funciona.
En el origen nos encontramos con uno que ejerce el oficio de lo que él entiende por periodista, aunque en muchas ocasiones no es más que un tipo armado con una cámara de fotos y desarmado de ética profesional con una enorme voracidad económica. Este individuo sabe que encontrar una noticia interesante no es fácil, que no siempre está bien pagada y que hay mucha competencia. Por otra parte para realizar una investigación profunda de un tema de actualidad o bien no tiene capacidad o bien teme que pueda traerle problemas y, sin embargo, quiere dinero. Entonces piensa que lo más fácil es dedicarse a la creación de noticias, cuanto más escandalosas mejor. No obstante, se da cuenta de que en ciertos ámbitos esto puede resultar peligroso, así que se decide por el tema “del corazón” que además está de moda. Se da cuenta también de que a muchos editores no les preocupa demasiado la veracidad de lo que publican con tal de que entretenga a los lectores. Sabe también que los escándalos relacionados con el sexo siempre interesan. Sólo le queda buscar a los personajes que lo protagonicen. Convencer a los ya famosos a veces resulta difícil, porque quizá consideren que una falsa noticia sobre su vida pueda perjudicar su carrera o porque ya están traficando con otro “periodista”.
El “asesino” o el “terrorista” –es así como se les llama en el argot- decide crear un nueva famosa y la manera más fácil de crearlo es por “roce”. Primero tiene que elegir a la que va a convertir en famosa, tarea sencillísima. Lo veremos en el próximo artículo.
¿Cómo crear una famosa de usar y tirar?
La relación prensa-famosos
(Serie de artículos para la revista “Dígame”)
Francamente, yo no sé
cómo algún lector sensato
no me pegó un puntapié
por necio y por mentecato.
(Vital Aza)
16 octubre 2000
La renovación de las Naciones Unidas y el aporte de las religiones
Presentado por Marcia de Abreu, conferencia en SegoviaCuando Vds. recibieron la invitación para asistir a las sesiones de la Federación Internacional e Interreligiosa para la Paz Mundial en Segovia, es muy probable que su memoria evocase la que Quadrado, el famoso cantor de esa ciudad, llamó la decana de las grandes construcciones romanas en España, el acueducto.
Esta magnífica construcción, de la que Lope de Vega dijo que "por encima pasaba el agua y por debajo el vino", con sus 813 metros tiene unas proporciones asombrosas. Hasta tal punto que la fantasía popular llegó a atribuir la controvertida cuestión de su paternidad al mismo diablo.
A este propósito se cuenta una célebre anécdota. Habiendo destruido Alimaimón, rey de Toledo, parte del acueducto, Isabel la Católica ordenó su reconstrucción. Sin embargo, en la parte restaurada se apreciaba la influencia ojival, por lo que el mariscal Ney, recordando la leyenda afirmó: "Aquí empieza la obra de los hombres".
No sabemos si los constructores buscaban la fama. Ellos no la consiguieron, pero sí su obra. Precisamente la fama es lo que buscaban otros grandes constructores.
Hace un siglo -en 1899- el profesor Robert Koldewey organizó una expedición arqueológica que tenía como meta Babel, la famosa colina sobre el Eufrates. Los trabajos de excavación duraron hasta 1917, pero valieron la pena. Allí se encontraron los restos de una de las siete maravillas del mundo, los Jardines colgantes de Babilonia. También sirvieron para probar la historicidad de un pasaje de la Biblia. Se halló la "Etemenanki", la famosa torre de Babel.
En el capítulo 11 del Génesis se nos habla de la frustración de unos hombres que intentan construir una torre que alcance los cielos. La finalidad de la construcción era doble: hacerse famosos y evitar la dispersión. Probablemente pensaban que la fama de que habían levantado un altísimo ziggurat asustaría a los potenciales enemigos y así se evitaría la dispersión del pueblo. Nos dice la Biblia que la confusión de las lenguas impidió que la obra llegase a buen término. Probablemente en la época de la construcción ya existían diversas lenguas en el mundo. No podemos tratar aquí de las teorías acerca de una posible unidad de las lenguas, aunque algunas, como la del indoeuropeo como lengua común a cuatro troncos actuales, que concedería un mismo origen a idiomas como el ruso o el castellano, son extraordinariamente sugestivas.
En todo caso lo que queda claro en el texto sagrado es que se produce un desacuerdo entre los hombres y que el autor del Génesis considera que Dios castiga el orgullo de los hombres, que confían demasiado en sus propias fuerzas. De otra manera dirá el salmista "nisi Dominus ædificat domun in vanum laborant qui ædificant eam". Los hombres no pueden ponerse de acuerdo si prescinden de Dios.
El 8 de enero de 1918, poco tiempo después del descubrimiento de la torre de Babel, el presidente Wilson enunciaba su programa de paz. En el último de sus famosos catorce puntos decía: "Deberá formarse una Sociedad General de Naciones en virtud de convenciones formales que tenga por objeto establecer garantías recíprocas de independencia política y territorial tanto a los pequeños como a los grandes Estados".
Los pueblos, diezmados por los ocho millones de muertos provocados por la terrible guerra recién acabada, deseaban por encima de todo la consecución de la paz. Así, al año siguiente, el 28 de junio, la propuesta de Wilson fue oída y se firmó el Pacto de la Sociedad de Naciones. Ésta se proponía un objetivo tan difícil como noble: "Hacer que reine la justicia". Y es que, como afirmara años más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, el Papa Pacelli, "Opus Iustitiæ Pax", la paz es fruto de la justicia.
Podemos observar una característica común entre la torre de Babel y la Sociedad de Naciones: ambas buscan la paz. Parecería lógico que los artífices de esta maravilla del Derecho moderno hubiesen aprendido de la lección bíblica recordada por las excavaciones y considerado que si Dios no construye la casa en vano trabajan los constructores, pero no fue así. Después de algunos éxitos (Alta Silesia, Islas Aaland, invasión de Bulgaria,...), desgraciadamente la Sociedad de Naciones no contó con el poder necesario para ver cumplidos sus objetivos. El 14 de octubre de 1933 Alemania abandonó la Sociedad y en 1939 estalló una guerra mucho más calamitosa que la anterior.
Después de la tragedia, la antigua Sociedad de Naciones se convierte en Naciones Unidas: el 26 de junio de 1945 se firma la Carta constitutiva. Tampoco los autores de la Carta tuvieron presente la enseñanza bíblica. La guerra fría dominó las relaciones internacionales y dificultó bastante las posibilidades de éxito de la O.N.U. hasta la caída del muro de Berlín. Con el desmembramiento del bloque soviético se abrió un nuevo capítulo de la historia de la Humanidad y también de la actividad de la O.N.U. Ésta ha podido actuar con una mayor libertad después de la desaparición de los bloques. Con ocasión de la Cumbre del milenio se han tratado muchas de las cuestiones que habrá que solucionar en el futuro si se quiere conceder una mayor operatividad y eficacia a la O.N.U. Así, se ha discutido acerca de la supresión del derecho de veto de los miembros permanentes, del aumento de éstos, de la financiación, de la creación de un Tribunal Penal Internacional, ...
Una de las cuestiones sobre las que se ha hablado es la función de las religiones en el mundo globalizado y sus relaciones con la O.N.U. La Cumbre interreligiosa promovida por la Fundación Ford y Ted Turner, los encuentros interreligiosos de la comunidad católica de San Egidio en Lisboa, la imponente Asamblea de la Federación Interreligiosa e Internacional para la Paz Mundial, auspiciada por el reverendo Moon en la sede de Naciones Unidas, han hecho sugerencias para dotar a las religiones de un estatuto jurídico en su relaciones con la O.N.U. Se han formulado propuestas como la de crear una segunda cámara religiosa en Naciones Unidas o la de un Consejo consultivo interreligioso del Presidente de la O.N.U.
Me gustaría reflexionar aquí brevemente acerca de la conveniencia, dificultad y concreción de la participación de las religiones en las Naciones Unidas.
I. Conveniencia
a) Las religiones permiten entender las distintas mentalidades
Para la resolución de conflictos no basta tener en cuenta aspectos políticos y económicos. La cultura y la religión tienen una función determinante en la mentalidad e identidad de los pueblos. Sólo siendo consciente de ello pueden obtenerse acuerdos satisfactorios. Así por ejemplo no es de recibo el bombardeo de los ortodoxos yugoslavos por parte de la OTAN en el día de una fiesta religiosa ortodoxa o no puede pretenderse imponer nuestras formas políticas a países que no están en nuestro grado de desarrollo o con valores distintos a los nuestros.
La globalización afecta gravemente a los sistemas de valores y no es de extrañar que en muchos lugares se produzcan rechazos con graves consecuencias sociales. La O.N.U. es vista muchas veces por países árabes como instrumento al servicio de los valores norteamericanos. Piénsese en la guerra del Golfo y el posterior embargo, en el caso de Libia o en el del conflicto de Oriente medio.
Muchos litigios entre estados o entre etnias dentro de un mismo estado sólo pueden entenderse si se tienen en cuenta las convicciones religiosas y la historia. Ejemplo meridiano es el de la antigua Yugoslavia.
Un conocimiento de la mentalidad religiosa e historia de un pueblo es necesario para considerar cuándo la masa está siendo manipulado por demagogos. Así lo que ocurre en Chechenia no puede achacarse sin más a la religión islámica, porque otros países vecinos, igualmente musulmanes no están de acuerdo con lo que allí ocurre.
b) Las religiones dotan de base moral a las relaciones internacionales
Como en Babel la obra de los hombres es inútil si no tiene en cuanta a Dios. La observancia del Derecho internacional en que se basa la O.N.U. necesita en primer lugar que este Derecho esté de acuerdo con la ley natural y que quienes tienen que cumplirlo tengan buena fe y para ello es necesario que se encuentren sometidos a normas morales.
Las religiones predican la Paz, por ello pueden ser de ayuda para alcanzarla, que es también el objetivo de la O.N.U. También el respeto por la Creación inculcado por las religiones puede poner freno a la devastación de los recursos naturales y favorecer el desarrollo sostenible.
La caridad y el amor al prójimo pueden facilitar la desaparición del hambre, el analfabetismo y las enfermedades sufridas por una parte importante de la población mundial.
La denuncia profética de las religiones puede frenar el egoismo de los grandes.
Es de notar por otra parte que la O.N.U. no se limita a la resolución pacífica de conflictos bélicos, sino que pretende evitarlos con la adopción de discutibles medidas económicas, sanitarias, demográficas, culturales, etc. En ello colaboran importantes O.N.G., fundaciones y empresas multinacionales que están susbtituyendo a los estados y controlando la labor de la O.N.U. muchas veces prescindiendo de la ética. Así con el favorecimiento del aborto. Por ello sería conveniente una mayor presencia de las religiones como freno a tal tendencia, que hoy está siendo sólo contrastada por la Santa Sede, con la ayuda de los países islámicos y algún que otro país católico.
c) Las religiones pueden ayudar a la mediación en caso de conflicto
A menudo una misma religión se extiende por distintos países por lo que puede resultar útil para resolver los conflictos entre ellos. Por ejemplo la mediación de la Santa Sede en el conflicto entre Argentina y Chile por las islas del canal del Beagle. Además entre líderes de distintas religiones pero con una base ética común puede haber un mayor entendimiento que entre políticos. Y los líderes religiosos pueden influir positivamente en los políticos.
II. Dificultades
a) Se minimiza la importancia de la religión
Desgraciadamente el frecuente olvido personal de la religión por parte de los líderes de la política internacional conduce a hecerles pensar que el elemento religioso carece de importancia en la mentalidad y vida de los pueblos, hecho falso que conduce a soluciones equicocadas.
b) Se prescinde de la religión en la vida pública
El racionalismo exacerbado de los últimos siglos y la confianza ilimitada en el progreso científico y técnico ha hecho olvidar los valores morales y espirituales y marginar a la religión.
Hoy se ve que muchas teorías científicas que fomentaron la confianza ilimitada en el progreso humano no han podido demostrarse o incluso se han demostrado falsas y que el progreso técnico no nos hace siempre mejores. Así, la bomba atómica es un progreso técnico que causa muerte. Por otra parte el progreso económico que permitiría de hecho alimentar a todo el planeta sólo favorece actualmente a unos pocos privilegiados.
Sin embargo, la religión continúa marginada y no se quiere que tenga influencia en la constitución y actuación pública. Las creencias se han privatizado y los medios de comunicación social contribuyen a esquinar cuando no a borrar los valores religiosos. Por ello hoy muy pocos se atreven a hacer profesión pública de sus creencias a causa del miedo al rechazo social. Se quiere hacer creer que quienes tienen creencias religiosas son más fanáticos y entorpecen el funcionamiento de la sociedad, cuando en realidad ésta funciona gracias a quienes tienen convicciones morales. Fíjense por ejemplo que la asistencia social en nuestros países y en los del tercer mundo está liderada por la religión. Además quien tiene convicciones morales respeta la ley no sólo por miedo, sino por convicción moral.
El objeto de las religiones es hacer a la gente mejor y por ello contribuyen al desarrollo de la sociedad.
A menudo se considera que la "ideología" produce conflictos, que sólo hay que buscar soluciones técnicas a los problemas, pero esto no es verdad. En primer lugar el prescindir de la religión es ya una opción ideológica. La sociedad sin valores éticos tiende a un mayor grado de corrupción política. El aborto, la eutanasia, la manipulación genética, el terrorismo, el suicidio, la droga, los malos tratos a mujeres y niños, la falta de respeto a los padres y personas mayores, la insolidaridad, la delincuencia y tantos otro males son consecuencia de la falta de valores morales.
c) Se entiende la religión como fuente de conflictos
Después de la Guerra de los XXX años (1618-1648) se ha tendido a considerar a las religiones como fuente de conflictos sin darse cuenta de que muchas veces las guerras de religión se promueven por intereses políticos o nacionalistas, que las utilizan como signo de identidad. En ocasiones han sido líderes religiosos (recuérdese al arzobispo Macarios en Chipre) los que han promovido el odio, pero ello lo han hecho actuando como políticos y no sigueindo la doctrina de su religión. Más bien tendría que considerarse lo contrario, ya que los líderes religiosos pueden influir en favor de la paz, si siguen verdaderamente los principios religiosos. Generalmente la religión nos enseña a no devolver violencia con violencia.
III. Concreciones
¿Cómo tendría que articularse esa presencia de las religiones en la O.N.U.?
1. No como sujetos de derecho internacional.
La Santa Sede, actuando como órgano central de la Iglesia católica y usando funcionalmente el estado de la Ciudad del Vaticano, es la única religión que tradicionalmente ostenta categoría de sujeto de Derecho internacional y utiliza muy eficazmente su status en las deliberaciones de los organismos de la O.N.U. Sin embargo, no resultaría factible que los miles de religiones que existen en el mundo tuviesen un trato semejante.
2. Tampoco parece factible la representación de las religiones por medio de estados confesionales: a) porque la mayoría de esos estados (quizá a excepción de los islámicos) no conforman su actuación política internacional, ni siquiera nacional a los dictados de la religión y b) porque pueden subordinarse las religiones a las políticas nacionales y ser mayor fuente de discordia.
3. Tampoco parece adecuado que las religiones tengan una influencia en la O.N.U. como simples O.N.G. que, aun siendo muy beneméritas, no tienen la importancia histórica de las religiones ni su influencia en la configuración de las personas y los pueblos.
4. Lo más conveniente sería establecer una segunda cámara de la O.N.U., un tipo de parlamento de religiones.
Con las siguientes características
a) Habría que establecer unos mínimos estándares de representatividad para evitar por una lado la marginación de ninguna religión, pero por otro tener en cuenta su verdadero peso específico. Habría además que definir claramente qué es lo que se entiende por religión.
b) No habría que discutir cuestiones doctrinales. De este modo podrían pertenecer hasta las religiones más fanáticas. Tampoco encontrarían inconveniente en participar las que no están dispuestas a hacer concesiones doctrinales.
c) Podría ser un foro para resolver en primer lugar conflictos entre religiones (así por ejemplo la diferencia entre católicos y ortodoxos por el proselitismo en Rusia o por los bienes expropiados).
d) Podría establecerse una cooperación interreligiosa en los puntos en común . Así por ejemplo podrían adoptarse proyectos comunes (unificación de textos bíblicos o coránicos, administración de lugares sagrados como Jerusalén, centros de estudios compartidos, obras de caridad comunes, ...).
e) Podrían servir de base moral y humanizadora de la globalización proponiendo valores éticos, evitando políticas inmorales y fomentando el respeto por las distintas tradiciones y culturas.
f) Podrían servir de ayuda a la resolución de conflictos políticos cuando los líderes políticos no obtengan resultados. g) Podrían coordinar ayudas humanitarias por medio de sus amplias redes organizativas.
02 abril 1999
10 CONSEJOS DEL PADRE APELES PARA SER UN BUEN COMUNICADOR
1.- No hable si no tiene algo interesante que decir, porque "nemo dat quod non habet" (nadie da lo que no tiene).
2.- No tema ser criticado. Sólo, ignorado.
3.- No calle ni debajo del agua. Cada vez que habla aprende a hacerlo mejor. No pierda oportunidad.
4.- Sólo se puede improvisar aquello que está cuidadosamente preparado.
5.- Divierta y diviértase. Tenga compasión de los demás y cuide la forma. Si Vd. se está aburriendo, quienes le escuchan, más.
6.- Aunque no sea darwinista, adáptese al medio. No es lo mismo hablar en televisión que en una tertulia de café.
7.- Deje poso. Si no se quedan con al menos una idea, se ha perdido el tiempo.
8.- Lo bueno -si breve- dos veces bueno. Déjelos con "hambre"
9.- No se deje llevar por la euforia ni por el pesimismo. Analice más tarde cómo lo ha hecho.
10.- Escuche las críticas de todo el mundo, pero sólo haga caso de las personas que sepan ellas mismas comunicar
El padre Apeles es director de una escuela dedicada a los cursos de comunicación y oratoria.
(Diario El Mundo)
2.- No tema ser criticado. Sólo, ignorado.
3.- No calle ni debajo del agua. Cada vez que habla aprende a hacerlo mejor. No pierda oportunidad.
4.- Sólo se puede improvisar aquello que está cuidadosamente preparado.
5.- Divierta y diviértase. Tenga compasión de los demás y cuide la forma. Si Vd. se está aburriendo, quienes le escuchan, más.
6.- Aunque no sea darwinista, adáptese al medio. No es lo mismo hablar en televisión que en una tertulia de café.
7.- Deje poso. Si no se quedan con al menos una idea, se ha perdido el tiempo.
8.- Lo bueno -si breve- dos veces bueno. Déjelos con "hambre"
9.- No se deje llevar por la euforia ni por el pesimismo. Analice más tarde cómo lo ha hecho.
10.- Escuche las críticas de todo el mundo, pero sólo haga caso de las personas que sepan ellas mismas comunicar
El padre Apeles es director de una escuela dedicada a los cursos de comunicación y oratoria.
(Diario El Mundo)
23 noviembre 1998
Conferencia en el "Rotary club"
Vilafranca del Penedès. 23.11.98
MUERTE Y ELECCION DE LOS PAPAS
La Iglesia Católica constituye la religión organizada más importante del mundo no sólo por el número de sus adeptos sino también por el peso de su Historia y la sofisticada especialización de su administración. Su jefe goza de un poder del que actualmente no dispone ningún líder político y sus actos, para bien o para mal, tienen resonancia mundial. ¿Habrá que insistir, como prueba de ello, en el dato de las multitudes enfervorizadas agolpadas alrededor del Papa actual en sus recientes viajes a Francia y al Brasil? Hay algo más, en este poder de convocatoria, que el talento natural de Karol Wojtyla como comunicador y su experiencia como actor. Para darnos cuenta de la trascendencia única de su persona y de lo que ella encarna para millones de seres humanos, vale la pena enumerar los títulos del Papa tal como figuran en el "Anuario Pontificio":
JUAN PABLO II
Obispo de Roma
Vicario de Jesucristo
Sucesor del Príncipe de los Apóstoles
Patriarca de Occidente
Primado de Italia
Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana
Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano
Siervo de los siervos de Dios
No es extraño, pues, que el proceso por el cual se elige al titular de esta monarquía electiva que se reclama directamente a la autoridad de Dios, suscite, cada vez que se verifica, el extraordinario interés del público -incluso no católico- que reflejan todos los medios de comunicación.
Sin embargo, no siempre ha habido cónclaves en la Iglesia. El primer papa, San Pedro, fue designado directamente por Jesucristo, que no volvió a tomarse esa molestia en todo lo que va de Papado desde entonces, a menos que demos crédito a la rocambolesca historia de El Palmar de Troya, que vale la pena reseñar aquí a título de curiosidad folklórica. Es el caso que el 6 de agosto de 1978, Pablo VI murió en Castelgandolfo. Ese mismo día se hallaban en un hotel de Santa Fe de Bogotá, en Colombia, el "vidente invidente" Clemente Domínguez y su séquito de Carmelitas de la Santa Faz, orden fundada por él siguiendo el mandato de sus supuestas apariciones. Poco después de difundirse la noticia del fallecimiento del Papa, Clemente entró en trance y, por lo visto, recibió la visita nada menos que de Nuestro Señor, la Virgen, San Pedro y el alma de Pablo VI, que le comunicaron que ahora el nuevo pontífice era él. Como señal visible de este nombramiento celestial apareció el Espíritu Santo en forma de mariposa, que revoloteaba sobre la cabeza del agraciado, que ahora se llamaba Gregorio XVII. Uno de los circunstantes tuvo la feliz idea de cazar el lepidóptero y lo fijó en un tablero. Desde luego, nadie puede decir, como los palmarianos, que conservan al Espíritu Santo disecado. Si no fuera por lo grotesco, sería blasfemo. ¡Nuestro paisano tiene montado cerca de Utrera un Vaticano en versión "Cantores de Híspalis" que hay que ver!
Pero volvamos un poco a la seriedad. Los inmediatos sucesores de Pedro fueron miembros del clero romano que accedían a la Silla romana con la anuencia de éste y del pueblo. En algunas ocasiones, la elección se daba por descontada por tratarse de alguien de la absoluta confianza del papa difunto a quien éste había indicado para que ocupara su lugar: era lo que se conoce como designación testamentaria y fue incluso objeto de regulación por parte del papa Símaco en el año 499. No obstante, este tipo de nombramiento papal no arraigó, aunque, en nuestros tiempos, se puede considerar que tuvo aplicación en el caso de Pío XII, quien accedió al Sumo Pontificado después de haber sido conscientemente preparado por Pío XI para sucederle. Este Papa había enviado al Cardenal Pacelli, que era su Secretario de Estado, a diversos países como Legado, para que adquiriera experiencia. Como cruzó dos veces el charco, solía llamarlo "nuestro cardenal transatlántico panamericano" y le gustaba repetir delante de los altos dignatarios vaticanos refiriéndose a él: "Sarà un bel Papa!". En efecto, el cónclave de 1939 puede decirse que fue de puro trámite, pues el nombre de Pacelli se impuso en él de inmediato y obtuvo rápidamente la práctica unanimidad de los votos.
Otras veces fueron los poderes terrenales los que hicieron prevalecer sus propios candidatos, sea que se tratase de la familia romana hegemónica de turno, de los comisarios del César bizantino o de los Emperadores germánicos. Esta injerencia de los señores laicos en la designación del Vicario de Cristo desapareció con el tiempo, gracias a los grandes Papas del Medioevo (San Gregorio VII, Alejandro III, Inocencio III), que reivindicaron los derechos de la Sede Apostólica frente a las ambiciones de la potestad temporal. No por ello dejaron de quedar restos de dicha injerencia: hasta 1903, los soberanos católicos pudieron ejercer el privilegio abusivo del "exclusive" o veto del candidato que era tenido por ellos como persona non grata. La más famosa exclusión fue precisamente la del Cardenal Rampolla, impuesta en el cónclave de ese año por el emperador Francisco José I por medio del Cardenal Puszyna. Los cardenales se indignaron ante tal intromisión pero, por la razón que fuera, el vetado, que había partido como favorito, acabó no siendo elegido. El nuevo Papa fue San Pío X, una de cuyas primeras providencias fue justamente la abolición del "exclusive".
La forma más escandalosa de sucesión papal ha sido la venta. Sí, como suena: el Sumo Pontificado fue vendido en una ocasión. Eran los tiempos obscuros que el Cardenal Baronio llamó "saeculum ferreum" (siglo de hierro). El joven Teofilacto había sido promovido al Sumo Pontificado por los clérigos romanos corrompidos con el dinero de su padre, el cónsul Alberico III. Parece que el nuevo papa, que tomó el nombre de Benedicto IX, contaba tan sólo doce años en el momento de su simoníaca elección, lo que constituía ciertamente una plusmarca que no ha sido superada hasta el momento. Pues bien, al cabo de doce años de pontificado, duración nada desdeñable para los tiempos que corrían, Benedicto IX, con tan sólo 24, se había convertido en un verdadero crápula. Sus excesos soliviantaron los ánimos hasta el punto que una revuelta popular que estalló a fines de 1044 lo depuso a principios del año siguiente, substituyéndolo por Silvestre III. Sólo 22 días reinó éste, pues Benedicto IX rehizo sus fuerzas y lo expulsó del trono papal, pero al final consideró la conveniencia de ahorrarse nuevos disgustos y disfrutar libremente y sin trabas de su juventud abandonando el pontificado. Como ambicionaba un retiro dorado, no tuvo ningún escrúpulo en poner precio a la tiara y se la ofreció a su padrino Juan Graciano. El 1º de mayo de 1045 se extendió el contrato de compra-venta del Papado. Benedicto IX se marchó a sus castillos tusculanos a disfrutar de la conspicua renta pactada con Juan Graciano. Este, por su parte, fue consagrado papa el 5 de mayo con el nombre de Gregorio VI. O sea que tenemos tres papas al mismo tiempo.
La elección papal fue convirtiéndose en atribución privativa de los Cardenales de la Iglesia Romana. ¿Quiénes eran estos personajes? La palabra "cardenal" viene del latín "cardo, cardinis", que significa "gozne". Así como la puerta gira sobre sus goznes, la Iglesia Romana gira sobre sus cardenales, que no eran en sus inicios otra cosa que los párrocos de la Urbe. A éstos se unieron los jefes de las diaconías o servicios de beneficiencia regidos por diáconos y los siete obispados más próximos a Roma (reducidas a seis en el siglo XII). Sus titulares se llamaron también cardenales. Todos ellos formaban una especie de Senado del Papa, aconsejándole y asistiéndole en el gobierno de la Iglesia.
El cónclave nace propiamente en 1271 contra la voluntad de los electores. En1268 había muerto Clemente IV en la amable ciudad de Viterbo, residencia de temporada favorita de varios papas. Los diecisiete cardenales electores se reunieron muchas veces sin ponerse de acuerdo en la persona del sucesor. Así transcurrieron más de dos años, corriendo la Iglesia un grave peligro por la prolongación de la sedevacante. El pueblo viterbiense, cansado de esta situación de punto muerto, decidió intervenir e hicieron que sus jefes militares tapiasen las puertas y ventanas del palacio episcopal, donde estaban reunidos los cardenales, para obligarles a tomar una determinación. Es decir, se les encerró con llave ("cum clave": de ahí la palabra "cónclave"). Como el calor del estío arreciaba, se pensó que los electores no se andarían con más dilaciones en tan incómodas condiciones, pero no fue así, de suerte que, pasados unos meses, se les comenzó a limitar progresivamente el abastecimiento de víveres. Cuando ni aun esta medida pareció dar resultado, se levantaron los tejados del palacio dejando a los cardenales a la intemperie. Esta medida les persuadió de la necesidad de proceder a una elección de una vez por todas, así que nombraron seis compromisarios, los cuales la hicieron recaer en Gregorio X. La Iglesia volvía a tener papa al cabo de casi tres años. Para evitar que volviera a repetirse esta situación, el papa promulgó la Constitución "Ubi periculum" de 16 de julio de 1274. Se trata de la primera reglamentación oficial del cónclave, a la cual, según las circunstancias de distintas épocas, seguirían otras, siendo la actual la Constitución "Universi Dominici gregis" (22 de febrero de 1996) de Juan Pablo II. Antes de entrar en la cuestión del funcionamiento del cónclave, hablaré del hecho que le da origen, o sea la muerte del papa.
La salud de un Romano Pontífice ha sido siempre centro del interés público. Existe un adagio que dice que el papa sólo se enferma para morir. Oficialmente, durante mucho tiempo, no se consideró el estado valetudinario compatible con la dignidad del Señor Apostólico. De ahí el tradicional secretismo vaticano en torno a los males -reales o ficticios- del Sumo Pontífice, lo que dio pábulo en más de una ocasión a las más variadas especulaciones. Hasta hace muy poco, en los círculos oficiales vaticanos se ha venido desmintiendo sistemáticamente que Juan Pablo II, felizmente reinante, tenga algún serio problema de salud, cuando lo cierto es que el Santo Padre declina a ojos vista. Sus ingresos en el Policlínico "Gemelli" (mientras que sus predecesores eran atendidos en el Palacio Apostólico en medio de la más absoluta discreción), sus malestares en público, el persistente temblor de su brazo y su inocultable expresión de sufrimiento han roto con el tabú que rodeaba la salud de los papas, al punto que abiertamente se aventuran diagnósticos: Parkinson y cáncer de colon son los más atrevidos. Sea de ello lo que fuere, es un hecho que la muerte, de un modo o de otro, alcanza a la tiara. Ya lo dijo Jorge Manrique:
"a Papas y emperadores
y prelados,
así los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganado"
(Copla 14 "A la muerte de su padre")
La Parca ha hecho su aparición revestida de muchas formas para cortar el hilo de la existencia terrenal del Vicario de Cristo. Salvo el suicidio, los papas han experimentado toda clase de muerte: natural y violenta, súbita y tras lenta agonía, por martirio, por asesinato y como consecuencia de accidente, en plena juventud y en el extremo de la edad. Demos un repaso a los casos más relevantes. Empezando por San Pedro, once papas sufrieron martirio con toda seguridad. Catorce fueron asesinados, entre ellos Juan VIII a martillazos y Juan X sofocado con una almohada. Tres perecieron a consecuencia de accidente, siendo el más irónico el que costó la vida a Juan XXI, a quien literalmente mató la Cultura, pues su biblioteca se le desplomó encima. Varios tuvieron una muerte súbita, generalmente provocada por una apoplejía, una trombosis o una crisis cardiovascular. El caso más controvertido ha sido, sin duda el de Juan Pablo I, de quien se duda si murió a consecuencia de un infarto fulminante o fue asesinado por altos funcionarios vaticanos implicados en la sucia quiebra del Banco Ambrosiano, como se desprende de la lectura del polémico libro "En el nombre de Dios" de David Yallop o en el más escandaloso de Roger Peyrefitte "La soutane rouge".
Algunos papas murieron en edad avanzada de muerte natural, siendo los más ancianos: nuestro compatriota el Papa Luna (a los 96 años), Gregorio IX (a los 99) y San Agatón (a los 107 años, nada menos).El espectro de las enfermedades que llevaron a la tumba a los Sumos Pontífices es de lo más variopinto. He aquí un elenco de las mismas: peste, gota, cáncer (Juan XXIII), cálculos biliares, cálculos de vejiga, mal de piedra, fiebre violenta, malaria, agotamiento nervioso, hidropesía, enfriamiento, pulmonía, bronquitis, uremia, cardiopatía, hipo (Pío XII), insolación (y no de tomar el sol en la playa), excesos de mesa y lecho, impresión, artritis. Hubo hasta algún papa que sucumbió víctima de los médicos (con perdón de los presentes).
Cuando muere un papa, se pone en funcionamiento un riguroso mecanismo con el objeto de certificar que realmente se ha producido el deceso. Al expirar el papa, se solía acercar a su rostro una vela encendida para comprobar que había dejado de respirar. Si la llama permanecía quieta era señal de muerte. Entonces, el cuerpo del Papa se aderezaba en su lecho mortuorio a la espera de la comprobación oficial, llevada a cabo por el Cardenal Camarlengo. Este se inclina sobre el Papa para verificar que está muerto. Antiguamente, se servía de un martillo de plata, con el que golpeaba tres veces su frente llamándolo otras tantas por su nombre de pila. Al no obtener respuesta, pronunciaba las palabras rituales: "Vere Papa mortuus est" (en verdad, el Papa ha muerto). A continuación, el Maestro de Cámara quita del dedo del fallecido el Anillo del Pescador y lo presenta al Camarlengo, quien lo guarda para destruirlo, a fin de que no puedan falsificarse documentos oficiales. Un notario de la Cámara Apostólica redacta el acta oficial del deceso.
El Papa es confiado, entonces, a los embalsamadores. Extraído el corazón, era éste encerrado en una urna que se depositaba en la cripta de la Iglesia de los Santos Vicente y Anastasio (para los que conocen Roma, es la que está en un ángulo de la Fontana de Trevi). El proceso de embalsamamiento era el normal, aunque Pío XII fue objeto de un método tan novedoso como desastroso inventado por el Dr. Galeazzi-Lisi. Como al Papa Pacelli le horrorizaba la idea de ser abierto por el bisturí, se dejó convencer de que bastaba con inyectar ciertos fluidos en un cadáver para preservarlo por más de cien años. El resultado fue que sus restos se descompusieron con una rapidez inusitada, al extremo que hubo que sellar con celofán el ataúd en el que se les trasladó desde Castelgandolfo a San Pedro y fue menester recomponerlos al llegar a su destino, habiendo estallado durante el trayecto. Una vez embalsamado, el cuerpo del Pontífice es revestido de los ornamentos pontificales de color rojo y puesto sobre un catafalco provisional en la Capilla Sixtina, donde es velado hasta que se le traslada a San Pedro en medio de una procesión de antorchas que recorre las salas del Palacio Apostólico. Al llegar a la Basílica, se le expone tres días antes de celebrar las exequias solemnes, durante las cuales se introduce el cadáver del Papa en un triple ataúd de ciprés, plomo y olmo (con un peso de unos 600 kilos), para ser sepultado en las criptas vaticanas.
¿Qué sucede en la vida de la Iglesia mientras tanto? La muerte del papa ha determinado una situación que técnicamente se denomina "sede vacante", es decir, que el trono de Pedro no tiene titular, está vacío. Este período, que termina con la designación del sucesor, suele ser más o menos corto, pero ha habido épocas en las que se ha dilatado mucho más de lo razonable y conveniente, como la que dio lugar al famoso cónclave de Viterbo (tres años y un día) o la que hubo entre San Marcelino y San Marcelo I (casi cuatro años). Durante este período el poder está a título interino en manos del Colegio de Cardenales, quienes despachan los asuntos más urgentes, pero no pueden tomar determinaciones que se consideran privativas del Sumo Pontífice. Cada uno de los cardenales, siendo considerado un papa en potencia, recibe los más altos honores como portador de "una porción de soberanía".
Según las actuales disposiciones, el cónclave debe ser convocado entre los quince y los veinte días siguientes al comienzo de la sede vacante. Con ello se da el tiempo suficiente para que lleguen todos los cardenales no residentes en Roma. En 1914 y 1922, cuando este plazo era de sólo diez días, los cardenales americanos no tuvieron tiempo de entrar en cónclave y al llegar a Roma se encontraran con que ya había nuevo papa, lo que obligó a ampliar aquél. Hoy, la generalización del avión como medio de transporte, da a los cardenales más alejados la posibilidad de tomarse con calma el viaje a Roma, aunque a la mayoría de los miembros del Colegio interese hallarse lo más pronto posible en la Ciudad Eterna, donde nunca faltan los conventículos en los que extraoficialmente se hacen las "campañas electorales". Famoso fue el que tuvo lugar, con la participación de los purpurados del ala progresista del Sacro Colegio, en la residencia del dirigente de la logia P2 Umberto Ortolani en Grottaferrata, convocado por los Cardenales Frings y Lercaro antes del cónclave de 1963 y en el que, entre canapés y cócteles, quedó consagrada la candidatura del Cardenal Montini.
¿Quiénes entran en cónclave? Sólo los cardenales menores de 80 años y las personas adscritas a título común a los servicios esenciales de aquéllos. Los cardenales octogenarios fueron excluidos por Pablo VI, a pesar de que muchos de ellos han demostrado una gran capacidad y resistencia, a veces mayor que sus colegas de menos edad. Por cierto, cuando se estableció la exclusión de los más ancianos, los cardenales contestaron a lo que consideraban como un ataque a su Colegio por parte del Papa mal aconsejado eligiendo Decano, en substitución del fallecido Tisserant, al Cardenal Amleto Cicognani, que tenía casi noventa años.
El número máximo de cardenales electores fue fijado por Pío IV, a mediados del siglo XVI, en 70. Nunca se llegó al número máximo en los cónclaves y, en cambio, hubo alguno en el que los votantes eran en número muy reducido, como el cónclave en que se eligió a Nicolás III (asistieron sólo ocho cardenales). Juan XXIII superó la barrera impuesta por Pío IV y desde Pablo VI el número de cardenales electores -es decir, sin contar los excluídos por edad- es de 120. Según los datos de la última edición del Anuario Pontificio, hay en la actualidad 151 cardenales. Normalmente, los miembros del Sacro Colegio han sido, por lo menos, sacerdotes, pero ha habido casos de cardenales con sólo órdenes menores (César Borgia, Mazarino, Consalvi) y hasta laicos (lo fue el príncipe inglés Reginald Pole, pariente próximo de los Tudor, durante veintiún años hasta que se le confirieron todas las órdenes sagradas para ocupar la Silla de Canterbury).
La dignidad cardenalicia convierte a quien la recibe en Príncipe de la Iglesia, con rango equivalente a los príncipes de sangre. Según las reglas del protocolo, los cardenales de la Santa Iglesia Romana pasan justo después de los soberanos y personas reales. Hay que destacar que, paradójicamente, este status tan exclusivo no les viene por derecho de nacimiento, sino por la voluntad del Papa, que suele tener en cuenta los méritos personales de los agraciados con el capelo, lo cual introduce un cierto elemento democrático en la estructura básicamente monárquica de la Iglesia. Los ha habido tanto pertenecientes al pueblo como a la más encumbradas familias. Los cardenales reciben el título de Eminentísimos y Reverendísimos Señores y las cartas a ellos dirigidas deben concluir siempre "besando la sagrada púrpura de Vuestra Eminencia". Algunos datos curiosos. El cardenal más joven: el Infante Don Alfonso de Portugal, creado a los siete años. Un político que se hizo cardenal: el Duque de Lerma, valido de Felipe III. Un cardenal que dimitió para casarse morganáticamente: el Infante Don Luis Antonio de Borbón, hijo de Carlos III. Por cierto, fue éste el causante de que su regio padre dictara la famosa Pragmática de 1776 sobre matrimonios desiguales, que tan traída y llevada ha sido con ocasión de la reciente boda de S.A.R. la Duquesa de Palma de Mallorca.
Llegado el día señalado para el inicio del cónclave, después de la Misa "pro eligendo Pontifici" con la asistencia de todos los cardenales electores, éstos se reúnen en la Capilla Paulina (decorada con los magníficos frescos de Miguel Angel que representan las escenas de la conversión de Saulo y la crucifixión de San Pedro). Desde allí se dirigen en procesión, cantando el "Veni Creator", a la Capilla Sixtina, donde el Cardenal Decano pronuncia por todos el juramento de guardar la Constitución Apostólica que regula el cónclave. Cada cardenal ratifica personalmente el juramento ante los Santos Evangelios. Antiguamente era en este momento cuando, habiendo ido todos los purpurados a ocupar sus celdas respectivas en el Palacio Apostólico, el Camarlengo ordenaba salir a todas las personas ajenas al cónclave pronunciando con voz fuerte las palabras "Extra omnes!" (¡fuera todos!) al tiempo que hacía sonar tres veces una campanilla. Entonces, se procedía a la doble clausura de la puerta de la capilla. Por dentro la cerraba con llave el Camarlengo y por fuera el Gobernador y el Mariscal del Cónclave. Puertas y ventanas que daban al exterior habían sido selladas y las lunas pintadas de blanco. Ahora nada de esto ocurre. Los cardenales se alojarán fuera del Palacio Apostólico, en la "Casa de Santa Marta", edificada recientemente en los jardines vaticanos. Como para acudir a las votaciones y volver deberán desplazarse con medio de transporte, no tiene ya sentido la clausura.
No obstante, la Capilla Sixtina continúa estando reservada exclusivamente a los electores, por lo que la ceremonia de la expulsión se ha mantenido. También los oficiales y servidores autorizados a permanecer en el cónclave deben prestar juramento de guardar el más riguroso bajo pena de excomunión. Por supuesto, no está permitido tener artefactos reproductores o transmisores de imagen y sonido ni mantener cualquier tipo de comunicación con el exterior. Ya pueden estar agradecidos los cardenales a Julio II y bendecir su memoria: no puede, en efecto, haber un marco más espléndido para el cónclave que este recinto cuya bóveda está decorada con los novecientos metros cuadrados más bellamente pintados por mano humana. Como es sabido, Miguel Angel se consideraba más escultor que pintor y no quería perder el tiempo con los pinceles. Tuvo, empero, que doblar la cerviz, sobre la que el belicoso Julio, en uno de sus arranques de mal humor, llegó a emplear el famoso "argumentum baculinum". ¡Bendito bastonazo! Hoy podemos admirar sus sublimes consecuencias.
La elección papal tenía lugar de tres formas: por aclamación, por compromiso y por escrutinio. En el primer caso, todos los cardenales presentes y los enfermos, sin previo acuerdo, elegían unánimemente y de viva voz, libre y espontáneamente al Sumo Pontífice. En el segundo, los cardenales, en determinadas circunstancias, delegaban unánimemente en tres, cinco o siete de ellos la potestad de elegir en nombre de todos al Papa. Estas dos primeras formas de elección han sido abolidas por Juan Pablo II. El escrutinio consiste en la votación secreta de todos los cardenales electores y es hoy la única forma vigente de elección de Sumo Pontífice.
Durante el cónclave, entre escrutinio y escrutinio, los cardenales pueden hablar entre ellos sobre las votaciones y los candidatos. A veces estas conversaciones han dado lugar a agudezas, como la del Cardenal Próspero Lambertini, famoso por el desparpajo de su lengua, el cual, en el cónclave de 1740 se dirigió a sus colegas y, muy suelto de huesos, les dijo: "Si queréis un santo, elegid a Gotti; si queréis un político, elegid a Aldrovandi; si queréis un 'buon coglione' cogedme a mí". Parece que la ocurrencia dio resultado, pues, Lambertini fue el nuevo Papa con el nombre de Benedicto XIV. A propósito de la procacidad de este por otra parte virtuoso Pontífice, testimoniada por el mismo Voltaire, se cuenta que aquél solía sazonar sus conversaciones con la palabra "cazzo", con la que se designa al miembro viril y que resulta muy malsonante en italiano. Pues bien, como se lo afearan algunos gazmoños de la Corte, el buen Benedicto declaró que para santificar el uso de dicho vocablo concedería indulgencia plenaria a quien lo profiriese varias veces al día.
Volviendo al proceso electoral, la mayoría de votos requerida para ser elegido Sumo Pontífice es actualmente la de dos tercios (a los que se añade uno cuando el total de electores no es múltiplo de 3). Los cardenales emiten sus respectivos votos mediante unas papeletas que, finalizado el escrutinio, se queman en una estufa, cuya chimenea sale al exterior por un sitio bien visible desde la Plaza. Si no se alcanzado la mayoría mencionada, se da fuego a las papeletas mezcladas con paja húmeda, lo que da un humo obscuro: la fumata nera, señal de que el aún no hay papa. Si, en cambio, se ha producido la elección, se queman con paja seca, que produce un humo claro: la fumata bianca. Millones de personas en la Plaza de San Pedro y a través de los medios televisivos de todo el mundo están pendientes de las distintas fumatas.
Si se ha alcanzado en una votación la mayoría requerida, el Cardenal Decano o el de más antigüedad de los presentes se acerca al elegido y le dirige solemnemente la pregunta de rigor: "Acceptasne electionem de te canonice facta in Summum Pontificem?" (¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?). Dado el consentimiento por parte del neo-electo, éste es automáticamente papa. El Cardenal Decano vuelve a dirigirse a él para preguntarle: "Quommodo vis vocari?" (¿Cómo deseas ser llamado?). El papa escoge un nombre, no estando obligado forzosamente a cambiar el suyo de Bautismo. El primero que mudó su nombre al llegar a papa fue Juan II en 533 debido a que se llamaba Mercurio, como la divinidad pagana. Hubo el caso de ser disuadido un papa de asumir un nombre determinado: fue el del veneciano Pietro Barbo, que, muy pagado de su apostura física, quería llamarse Formoso II (en latín "formosus" significa "hermoso"). Los cardenales le hicieron notar que esta muestra de vanidad sería muy poco edificante y el papa escogió entonces un nombre menos comprometedor: el de Pablo II.
Inmediatamente después, el electo es conducido a la sacristía, donde se vestirá con una de las tres sotanas blancas de las tallas "estandard" preparadas al efecto. Se cuenta que Benedicto XV era tan menudo que hubo que adaptarle mediante alfileres la sotana más pequeña. En el caso de Juan XXIII, hubo problemas con el fajín debido a su perímetro. Después de recibir el homenaje de los cardenales y las felicitaciones de sus allegados, se dirige el nuevo Papa a la "loggia" o balcón de San Pedro. En la Plaza ya le espera una muchedumbre ansiosa de conocer su identidad. La cruz papal aparece y detrás de ella, precedido por su séquito, el nuevo papa, el cual es proclamado por el Cardenal Protodiácono con estas palabras: "Nuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam!" (Os anuncio una gran noticia: ¡tenemos papa!). A continuación, dice el nombre del cardenal elegido y el que ha asumido como Sumo Pontífice. Este dirige algunas palabras a la multitud, que lo aclama, e imparte la bendición "Urbi et orbi" (a Roma y al mundo).
Sólo falta la inauguración solemne del nuevo pontificado. Hasta Pablo VI tuvo lugar la coronación con la triple tiara. Juan Pablo I y Juan Pablo II prefirieron una simple entronización con la imposición del palio (franja blanca que rodea los hombros y cae por delante y por detrás, tejida con la lana de las ovejas bendecidas por el Papa el día de Santa Inés y ornada con seis cruces negras). La ceremonia de la coronación era imponente. El día señalado, el Papa hacía su ingreso en San Pedro llevado sobre la silla gestatoria, bajo dosel y escoltado por los cuerpos armados vaticanos (Guardia Noble, Guardia Suiza, Gendarmería Pontificia, Guardia de Honor y Guardia Palatina). Anunciaban su llegada las trompetas de plata que tocaban la marcha de Longhi. Precedían el cortejo los maceros, los bussolanti y demás miembros de la Corte Pontificia. A ambos lados de la silla gestatoria se erguían los "flabelli" o abanicos de plumas de avestruz (que hacían sentirse a Juan XXIII "como un sátrapa oriental"). En un momento de la ceremonia, la procesión se detenía para contemplar cómo un dignatario quemaba un trozo de estopa puesto en el extremo de una vara y lo alzaba tres a la vista del papa diciendo: "Sancte Pater, sic transit gloria mundi" (Santo Padre: así pasa la gloria del mundo). El Pontífice proseguía hasta el altar de la Confesión, donde debía celebrar, en medio del mayor esplendor, la solemnísima Misa Papal.
Acabado el Santo Sacrificio, era llevado a la loggia exterior de San Pedro, donde se había preparado un estrado y un trono escarlata. El Papa era ceñido con la tiara por el Cardenal Protodiácono, mientras el Cardenal Decano pronunciaba la fórmula de la coronación: "Recibe la tiara de las tres coronas y sepas que eres el padre de los príncipes y de los reyes, el rector visible del mundo y el Vicario de Nuestro Señor Jesucristo, a Quien corresponde el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén". La bendición "Urbi et orbi" cerraba el programa. Hoy parece que ha prevalecido la sensibilidad moderna funcional sobre el minucioso simbolismo de la antigua pompa. Una misa concelebrada en la explanada delante del atrio de San Pedro sin el esplendor de otro tiempo, sirve de marco a la actual entronización papal, cuyo momento culminante es, como he dicho, la imposición del palio.
Hubo hasta el siglo XVI una extraña ceremonia que formaba parte del ritual de la coronación. El Papa se colocaba sobre un trono perforado (a la manera de un retrete) y adoptaba la postura de una parturienta. Parece que ello está de algún modo relacionado con la historia de la Papisa Juana. ¿Quién fue este personaje? En el siglo IX, durante una incursión de los vikingos en Normandía, un monasterio femenino fue tomado a sangre y fuego. Una de las monjas, la inglesa Juana o Gilberta, logró escapar de la masacre disfrazada de hombre, llegando en su huida hasta Atenas, donde fundó una escuela filosófica conservando su identidad masculina. Su fama creció hasta el punto que fue llamada a Roma y se convirtió en secretario de León IV. A la muerte de éste, Juana fue elegida para sucederle por el clero y el pueblo romanos, que ignoraban que se tratase de una mujer. Reinó poco más de dos años, hasta que un buen (o mal) día, cabalgando en un cortejo desde el Coliseo hasta San Juan de Letrán, le vinieron los dolores del parto y dio a luz un niño muerto. Puede imaginarse la estupefacción de la multitud al descubrirse el engaño. No se sabe exactamente si Juana murió de sobreparto o linchada, pero lo cierto es que, desde entonces, los sucesores de Pedro debieron someterse a una verificación de su sexo. Aquí entraría en juego la famosa "sedia forata" a la que se ha hecho referencia: el Papa se sentaría en ella alzándose las vestiduras para que por debajo pudieran comprobar los electores "propria manu" que estaba dotado de atributos masculinos. Algunos han tachado de leyenda el relato sobre la Papisa Juana, pero lo cierto es que Bernini le quiso jugar a su costa una broma pesada a Urbano VIII, esculpiendo el episodio del parto en los mascarones de los blasones papales que están en las bases de las columnas salomónicas del magnífico baldaquín de San Pedro, como se puede ver si se rodea el monumento en el sentido de las agujas del reloj.
Para terminar, sólo una reflexión. Qué duda cabe de que, a veces, los más rastreros intereses humanos se han mezclado con los más sublimes designios divinos. La Iglesia Católica es ciertamente una institución divina, pero está formada por hombres. Esa es su gloria y su miseria. Sabemos por la promesa de Jesucristo que "las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella", pero también sabemos que Satanás zarandea como al trigo a los hombres de Iglesia. Ha habido Papas malos, mediocres, bárbaros y grandes pecadores. Pero no carguemos las tintas sólo en los aspectos más lúgubres. También ha habido grandes hombres y hasta santos. Sin remontarse mucho en el tiempo, ahí está el gran Pío XII. La Historia del Pontificado es como un gran cuadro, lleno de luces y de sombras, pero, a veces, las sombras diestramente empleadas (como en el caso del Caravaggio o en el de Velázquez) refuerzan el efecto de la luz y dan mayor expresividad a lo pintado. En cierta ocasión, Napoleón quiso provocar al Cardenal Consalvi y le espetó que podía acabar si quisiera con la Iglesia de Roma. El ilustre Secretario de Estado de Pío VII, sin inmutarse ante tal bravuconería, contestó: "Sire, nosotros los eclesiásticos lo hemos intentado en los últimos dos mil años y no lo hemos conseguido".
23 mayo 1998
Pregó de la Festa Major del club dels Nariguts de Barcelona de 1998
Senyores i senyors, nariguts,
S'han de tenir nassos per presentar-se davant d'un tan selecte auditori sense gaudir d'un respectable apèndix facial per fer-ne precisament la seva lloança. Per això -com en les antigues peces dramàtiques- el meu exordi consisteix en demanar-vos indulgència per a la meva gosadia i benevolència per a la meva Musa, que és pobre però voluntariosa: ella supleix amb nassos el que li manca de gràcia. El que m'ha dictat per dir-vos és fruit d'una voluntat tenaç. Amb la confiança -doncs- que tindreu, dilectes nariguts, la paciència d'escoltar-me uns instants sense que s'inquietin els nassos de Vostres Senyories, començo per dir-vos respectuosament Salut!
Hay que tener narices -nunca mejor dicho- para presentarse ante tan conspicuo auditorio como el vuestro sin estar premunido de un respetable apéndice facial y hacerlo precisamente para cantar sus loas. Así pues, como en las antiguas piezas dramáticas, mi exordio consiste en pediros una cumplida disculpa por mi atrevimiento y vuestra benevolencia para mi Musa, que es pobre pero muy voluntariosa: a ella, en efecto le sobran tantas narices cuanta gracia le falta, y lo que me ha dictado para deciros hoy es fruto de un querer tenaz. Fiado, pues, en que tendréis, dilectos narigudos, la paciencia de escucharme unos minutos, sin que se inquieten las narices de Vuestras Señorías, heme aquí para deciros respetuosamente: ¡Salud!
Perdón, he querido decir que estéis con bien, que es como solían saludar en tiempos de Cicerón y Séneca. Es que he advertido que algunos se llevaban instintivamente la mano a los pañuelos creyendo, al oír mi palabra de cumplido, que se trataba del usual conjuro contra las tempestades... que a veces se desatan en las insondables fosas que yacen en la geografía de vuestros rostros. De referirme a tal circunstancia, hubiese dicho ¡Jesús!
Este año, una vez más, tenemos que lamentar los criminales atentados de que han sido objeto las narices de ciertos prójimos, en quienes ha podido más una necia vanidad que el legítimo orgullo de pertenecer a la raza escogida de los Ovidios, Quevedos y Cyranos, gloria y prez de la humana familia. De aquellos infelices podría decirse lo que escribió el Rey salmista de los falsos dioses de la gentilidad: "Nares habent et non odorabunt", tienen narices, pero no son capaces de oler, porque se las han dejado tan ridículas que apenas se sabe para qué sirven, pues ni para sostener el más humilde par de antiparras son útiles. Tales insensatos sacrifican el preciado don con el que la Madre Naturaleza les ha provisto en las aras de la moda, la más estúpida y cambiante de las deidades.
Hoy no está de moda ser narigón, pero, ¿a quién, que sea persona de gusto, le importa lo que la usanza del día estultamente decreta? Una nariz prominente no está de moda ni deja de estarlo: trasciende lo efímero y lo mudable. Las grandes narices pertenecen al sublime orden de lo clásico, esto es, de "aquello que se tiene por modelo digno de imitación". Desde la más remota Antigüedad, como sabéis, han honrado los hombres a sus semejantes que podían ostentar unas respetables napias, consideradas como señal de la elección de los dioses. Y es que éstos, en las primigenias cosmogonías, destacaban por la platirrinia, ya que de sus narices provenía el hálito de la vida. En el libro de Job -y permitidme que, a fuer de eclesiástico, cite la Sagrada Escritura- se dice que se está vivo mientras permanece el Espíritu de Dios en las narices de uno y al humo que sale de las colosales del Leviatán se atribuyen las grandes catástrofes que afligen nuestra asendereada Tierra. Quizás no al acaso fue por lo que Thomas Hobbes, ilustre narigudo, escogió el nombre de este famoso monstruo marino para titular la obra que le dio la inmortalidad.
Las grandes narices merecieron la atención de las mejores plumas. Sobre ellas se volcó el ingenio de los epigramistas griegos, los mismos que, confiesa Quevedo, le sirvieron de inspiración para su poema dedicado "A una nariz". Edmond Rostand dedicó su mejor drama al filósofo Sabiniano Cyrano de Bergerac, del que hizo el héroe imperecedero de los narigones. Carlo Collodi, en fin, fue el padre literario del entrañable Pinocho, que se veía obligado a mentir para gozar de una nariz superlativa.
No quiero dejar de consignar unas palabras que hallé en un libro del nunca bien ponderado Fray Luis de Granada. Se trata de un pasaje de su impagable "Introducción al Símbolo de la Fe". Oídlo con la atención que merece y con la justa fruición que seguro os procurará. Al hablar con ánimo apologético del sentido del olfato, dice: "Y para guarda de este sentido proveyó el Criador las narices, las cuales también sirven para hermosura del rostro. Porque, ¿qué parecería un hombre sin narices?". No se olvide que el gran dominico era persona bien dotada de apéndice nasal, de donde hay que colegir que en sus palabras hay un encomio implícito a las bien desarrolladas narices, a las que más adelante compara con un providencial embudo, "el cual tiene la copa ancha y redonda".
Un conmovedor testimonio literario lo encontraréis en la velada confesión de narigudo que hace el Duque de La Rochefoucauld en el retrato de sí mismo que precede a sus Sentencias y Máximas morales: "Me sentiría bastante impedido para decir de qué suerte está hecha mi nariz, ya que, al menos a lo que creo, no es ni chata ni aguileña, ni gorda ni puntiaguda. Todo lo que sé es que es más bien grande que pequeña y que desciende un poco en demasía". Se nota ya el lamentable cambio de gusto, en la Francia del Gran Siglo, en cuanto a las narices, pasando de la preferencia por las grandes que se ve todavía en las pinturas de Simon Vouët, Le Brun y el catalán Rigalt -afrancesado con el nombre de Rigaud- a la predilección por las pequeñas y respingadas, como lo atestiguarán los cuadros de Mignard, Nattier y Fragonard.
Pero es un hecho incontrovertible que las magnas narices han sido prenda de nobleza y la señal de reconocimiento de las castas más esclarecidas. ¿Qué decir, si no, de la tan renombrada "nariz borbónica"? Desde Enrique el Grande hasta nuestro monarca felizmente reinante, los miembros de la más antigua e ilustre Casa reinante de Europa se han distinguido por tal característica, ya se trate de la nariz bulbosa del Bearnés, de la gran nariz aquilina del Rey Sol o de la descendente de nuestro Carlos III. Narices coronadas deberíamos decir como quien dice testas, pues bien dignas eran y son de los florones regios.
En este estrado sobre al que me hallo gracias a vuestra gentileza, habréis oído, sin duda, a mejores oradores que yo cantar las excelencias de lo que constituye la prenda de vuestro legítimo orgullo. No es, pues, el caso de insistir sobre asuntos que ya os son de sobra conocidos. Muchas curiosidades os habrán, sin duda, referido, como la de la nariz de plata del gran astrónomo de Rodolfo II, Tycho Brahé, que, habiendo perdido la suya de carne en un infausto duelo, se hizo fabricar dicha prótesis por no quedar sin honor. Aquí me detengo, por lo tanto, consciente de que las cosas buenas, si breves, dos veces buenas, exceptuando, naturalmente la nariz, tanto más buena cuanto menos exigua es.
No quiero concluir, empero, sin tributar mi reconocido homenaje al agraciado con el cyrano de oro 1998. Él deleita otro de nuestros sentidos con su voz predestinada. Alguien podría preguntarse qué puede tener que ver el oído con el olfato, las melodías con las narices. Pues mucho. Los grandes cantantes han sido y son buenos respiradores. Saber respirar es una de las condiciones esenciales del arte combinado de Euterpe y de Polimnia. Y nadie duda que una buena nariz es el mejor respiradero, por donde penetra el aire que después saldrá convertido en hermosas notas y modulaciones a través de la cítara que albergamos en nuestra garganta.
Resultaría ocioso hablar de Manuel Ausensi, dada su justa celebridad, si no fuera porque es siempre un placer recordar cosas sobre nuestros amigos. Hijo de Barcelona, podemos sus conciudadanos estar orgullosos de que con su voz haya llevado el arte de un catalán por las distintas latitudes de ambos lados del océano. Es un digno heredero de aquella tradicion lirica de nuestras tierras que no tiene nada que envidiar a los divos mas reconocidos de Italia. Si la música debe a la patria del Dante sus mejores compositores líricos, sin duda España es acreedora de su reconocimiento como cuna de grandes intérpretes. En esta línea justo es reconocer que Ausensi es un continuador de Gayarre y de Fleta. Su repertorio abraza un extenso caleidoscopio, ya que lo mismo se reviste de la solemne gravedad que requiere una cantata de Bach, como de los acentos castizos y populares de nuestro genero chico o de la esplendidez estentórea de la opera o de la sensibilidad intimista de un lied schubertiano.
No creo ser hiperbólico si digo que Manuel Ausensi es un favorecido de los dioses, como de los narigudos se decía en otros tiempos. Y no hay duda de que Josep-Maria Estrada, presidente de este benemérito club tiene buen olfato a la hora de escoger a los homenajeados -al igual que lo tuvieron Joan Rovira i Ricardo Sabates en el pasado- con la entusiasta colaboración de Lolita Barasona. Su acierto se ha demostrado incluso en lo que podría parecer una equivocación, en el escogerme como orador. Y eso lo digo porque modestamente me cuento en el sinnúmero de rendidos admiradores con que justamente cuenta el inefable maestro.
Al concluir estas breves evocaciones le digo, en nombre de todos: querido Maestro Ausensi, bienvenido, y con ello declaro inaugurados los festejos anuales de esta ilustre cofradía. Valete, cari Nasoni! Muchas gracias.
S'han de tenir nassos per presentar-se davant d'un tan selecte auditori sense gaudir d'un respectable apèndix facial per fer-ne precisament la seva lloança. Per això -com en les antigues peces dramàtiques- el meu exordi consisteix en demanar-vos indulgència per a la meva gosadia i benevolència per a la meva Musa, que és pobre però voluntariosa: ella supleix amb nassos el que li manca de gràcia. El que m'ha dictat per dir-vos és fruit d'una voluntat tenaç. Amb la confiança -doncs- que tindreu, dilectes nariguts, la paciència d'escoltar-me uns instants sense que s'inquietin els nassos de Vostres Senyories, començo per dir-vos respectuosament Salut!
Hay que tener narices -nunca mejor dicho- para presentarse ante tan conspicuo auditorio como el vuestro sin estar premunido de un respetable apéndice facial y hacerlo precisamente para cantar sus loas. Así pues, como en las antiguas piezas dramáticas, mi exordio consiste en pediros una cumplida disculpa por mi atrevimiento y vuestra benevolencia para mi Musa, que es pobre pero muy voluntariosa: a ella, en efecto le sobran tantas narices cuanta gracia le falta, y lo que me ha dictado para deciros hoy es fruto de un querer tenaz. Fiado, pues, en que tendréis, dilectos narigudos, la paciencia de escucharme unos minutos, sin que se inquieten las narices de Vuestras Señorías, heme aquí para deciros respetuosamente: ¡Salud!
Perdón, he querido decir que estéis con bien, que es como solían saludar en tiempos de Cicerón y Séneca. Es que he advertido que algunos se llevaban instintivamente la mano a los pañuelos creyendo, al oír mi palabra de cumplido, que se trataba del usual conjuro contra las tempestades... que a veces se desatan en las insondables fosas que yacen en la geografía de vuestros rostros. De referirme a tal circunstancia, hubiese dicho ¡Jesús!
Este año, una vez más, tenemos que lamentar los criminales atentados de que han sido objeto las narices de ciertos prójimos, en quienes ha podido más una necia vanidad que el legítimo orgullo de pertenecer a la raza escogida de los Ovidios, Quevedos y Cyranos, gloria y prez de la humana familia. De aquellos infelices podría decirse lo que escribió el Rey salmista de los falsos dioses de la gentilidad: "Nares habent et non odorabunt", tienen narices, pero no son capaces de oler, porque se las han dejado tan ridículas que apenas se sabe para qué sirven, pues ni para sostener el más humilde par de antiparras son útiles. Tales insensatos sacrifican el preciado don con el que la Madre Naturaleza les ha provisto en las aras de la moda, la más estúpida y cambiante de las deidades.
Hoy no está de moda ser narigón, pero, ¿a quién, que sea persona de gusto, le importa lo que la usanza del día estultamente decreta? Una nariz prominente no está de moda ni deja de estarlo: trasciende lo efímero y lo mudable. Las grandes narices pertenecen al sublime orden de lo clásico, esto es, de "aquello que se tiene por modelo digno de imitación". Desde la más remota Antigüedad, como sabéis, han honrado los hombres a sus semejantes que podían ostentar unas respetables napias, consideradas como señal de la elección de los dioses. Y es que éstos, en las primigenias cosmogonías, destacaban por la platirrinia, ya que de sus narices provenía el hálito de la vida. En el libro de Job -y permitidme que, a fuer de eclesiástico, cite la Sagrada Escritura- se dice que se está vivo mientras permanece el Espíritu de Dios en las narices de uno y al humo que sale de las colosales del Leviatán se atribuyen las grandes catástrofes que afligen nuestra asendereada Tierra. Quizás no al acaso fue por lo que Thomas Hobbes, ilustre narigudo, escogió el nombre de este famoso monstruo marino para titular la obra que le dio la inmortalidad.
Las grandes narices merecieron la atención de las mejores plumas. Sobre ellas se volcó el ingenio de los epigramistas griegos, los mismos que, confiesa Quevedo, le sirvieron de inspiración para su poema dedicado "A una nariz". Edmond Rostand dedicó su mejor drama al filósofo Sabiniano Cyrano de Bergerac, del que hizo el héroe imperecedero de los narigones. Carlo Collodi, en fin, fue el padre literario del entrañable Pinocho, que se veía obligado a mentir para gozar de una nariz superlativa.
No quiero dejar de consignar unas palabras que hallé en un libro del nunca bien ponderado Fray Luis de Granada. Se trata de un pasaje de su impagable "Introducción al Símbolo de la Fe". Oídlo con la atención que merece y con la justa fruición que seguro os procurará. Al hablar con ánimo apologético del sentido del olfato, dice: "Y para guarda de este sentido proveyó el Criador las narices, las cuales también sirven para hermosura del rostro. Porque, ¿qué parecería un hombre sin narices?". No se olvide que el gran dominico era persona bien dotada de apéndice nasal, de donde hay que colegir que en sus palabras hay un encomio implícito a las bien desarrolladas narices, a las que más adelante compara con un providencial embudo, "el cual tiene la copa ancha y redonda".
Un conmovedor testimonio literario lo encontraréis en la velada confesión de narigudo que hace el Duque de La Rochefoucauld en el retrato de sí mismo que precede a sus Sentencias y Máximas morales: "Me sentiría bastante impedido para decir de qué suerte está hecha mi nariz, ya que, al menos a lo que creo, no es ni chata ni aguileña, ni gorda ni puntiaguda. Todo lo que sé es que es más bien grande que pequeña y que desciende un poco en demasía". Se nota ya el lamentable cambio de gusto, en la Francia del Gran Siglo, en cuanto a las narices, pasando de la preferencia por las grandes que se ve todavía en las pinturas de Simon Vouët, Le Brun y el catalán Rigalt -afrancesado con el nombre de Rigaud- a la predilección por las pequeñas y respingadas, como lo atestiguarán los cuadros de Mignard, Nattier y Fragonard.
Pero es un hecho incontrovertible que las magnas narices han sido prenda de nobleza y la señal de reconocimiento de las castas más esclarecidas. ¿Qué decir, si no, de la tan renombrada "nariz borbónica"? Desde Enrique el Grande hasta nuestro monarca felizmente reinante, los miembros de la más antigua e ilustre Casa reinante de Europa se han distinguido por tal característica, ya se trate de la nariz bulbosa del Bearnés, de la gran nariz aquilina del Rey Sol o de la descendente de nuestro Carlos III. Narices coronadas deberíamos decir como quien dice testas, pues bien dignas eran y son de los florones regios.
En este estrado sobre al que me hallo gracias a vuestra gentileza, habréis oído, sin duda, a mejores oradores que yo cantar las excelencias de lo que constituye la prenda de vuestro legítimo orgullo. No es, pues, el caso de insistir sobre asuntos que ya os son de sobra conocidos. Muchas curiosidades os habrán, sin duda, referido, como la de la nariz de plata del gran astrónomo de Rodolfo II, Tycho Brahé, que, habiendo perdido la suya de carne en un infausto duelo, se hizo fabricar dicha prótesis por no quedar sin honor. Aquí me detengo, por lo tanto, consciente de que las cosas buenas, si breves, dos veces buenas, exceptuando, naturalmente la nariz, tanto más buena cuanto menos exigua es.
No quiero concluir, empero, sin tributar mi reconocido homenaje al agraciado con el cyrano de oro 1998. Él deleita otro de nuestros sentidos con su voz predestinada. Alguien podría preguntarse qué puede tener que ver el oído con el olfato, las melodías con las narices. Pues mucho. Los grandes cantantes han sido y son buenos respiradores. Saber respirar es una de las condiciones esenciales del arte combinado de Euterpe y de Polimnia. Y nadie duda que una buena nariz es el mejor respiradero, por donde penetra el aire que después saldrá convertido en hermosas notas y modulaciones a través de la cítara que albergamos en nuestra garganta.
Resultaría ocioso hablar de Manuel Ausensi, dada su justa celebridad, si no fuera porque es siempre un placer recordar cosas sobre nuestros amigos. Hijo de Barcelona, podemos sus conciudadanos estar orgullosos de que con su voz haya llevado el arte de un catalán por las distintas latitudes de ambos lados del océano. Es un digno heredero de aquella tradicion lirica de nuestras tierras que no tiene nada que envidiar a los divos mas reconocidos de Italia. Si la música debe a la patria del Dante sus mejores compositores líricos, sin duda España es acreedora de su reconocimiento como cuna de grandes intérpretes. En esta línea justo es reconocer que Ausensi es un continuador de Gayarre y de Fleta. Su repertorio abraza un extenso caleidoscopio, ya que lo mismo se reviste de la solemne gravedad que requiere una cantata de Bach, como de los acentos castizos y populares de nuestro genero chico o de la esplendidez estentórea de la opera o de la sensibilidad intimista de un lied schubertiano.
No creo ser hiperbólico si digo que Manuel Ausensi es un favorecido de los dioses, como de los narigudos se decía en otros tiempos. Y no hay duda de que Josep-Maria Estrada, presidente de este benemérito club tiene buen olfato a la hora de escoger a los homenajeados -al igual que lo tuvieron Joan Rovira i Ricardo Sabates en el pasado- con la entusiasta colaboración de Lolita Barasona. Su acierto se ha demostrado incluso en lo que podría parecer una equivocación, en el escogerme como orador. Y eso lo digo porque modestamente me cuento en el sinnúmero de rendidos admiradores con que justamente cuenta el inefable maestro.
Al concluir estas breves evocaciones le digo, en nombre de todos: querido Maestro Ausensi, bienvenido, y con ello declaro inaugurados los festejos anuales de esta ilustre cofradía. Valete, cari Nasoni! Muchas gracias.
17 marzo 1998
QUIS CUSTODIT CUSTODEM?
Conferencia en el ICOMI (Barcelona)
De los periódicos: "En Arkansas 10.000 hectáreas de bosque ardieron el mes pasado por culpa de un partido de baseball. El guardia forestal, que hubiese podido evitar esta verdadera catástrofe ecológica si hubiese estado en su puesto de vigilancia, estaba viendo en televisión un partido de los Chicago contra los. Edward Johnson, que así se llama el vigilante, declaró ante el juez que el es su equipo favorito y que el partido era decisivo para la eliminatoria. "No creo que pueda considerarse más importante vigilar un bosque que seguir un partido tan decisivo. Su abogado Jeremy Douglas, famoso por haber ganado un importante causa contra Bill Clinton, cuando éste era aún gobernador, afirma que los psiquiatras demostrarán que su defendido no podía actuar de otro modo y que, por tanto, su cliente no tiene que ser condenado a 10 años de cárcel, como pide el fiscal, sino que merece la absolución. El caso ha despertado un gran interés en la opinión pública, que se ha dividido. Un grupo de seguidores del ha amenazado al juez con encadenarse delante del tribunal si la sentencia resulta condenatoria".
La noticia resulta cómica si no fuese por el daño irreparable que ha sufrido una vez más la naturaleza, pero este no es más que un ejemplo elegido al azar de negligencia por parte de alguien obligado a prestar atención.
Para no adentrarme en los resbaladizos vericuetos de nuestra crónica judicial
17 octubre 1997
In memoriam Madre Teresa de Calcuta
Pocos días después de la triste noticia del fallecimiento de Diana Spencer, el mundo perdió otro de esos personajes que llenan páginas y más páginas en periódicos y revistas y de los que todos hablan y a cuyos movimientos todos están atentos. Da la casualidad de que Madre Teresa tuvo aún tiempo, antes de fallecer, de hacer un elogio de Diana. Ambas personalidades se conocían. Sin embargo las dos muertes fueron muy distintas: la de la religiosa en edad ya avanzada, gravemente enferma, sirviendo a los más necesitados, en pobreza y esperando la muerte. La de la princesa de Gales segó su bella juventud, maravillosamente sana, en una noche de diversión con su amado, con fortuna y por sorpresa.
Los funerales de ambas tuvieron obviamente lugar a pocos días de distancia. Las celebraciones crearon amplias expectaciones y fueron seguidas por millones de personas en todo el mundo. Las exequias de la princesa fueron muy controvertidas ya que, después del divorcio, la monarquía británica no quería tributarle honores principescos. Los funerales fueron semioficiales. La religiosa fue enterrada con un funeral de estado, sin que tuviera estricto derecho a ello, pero sus largos años de dedicación a los más miserables en la India hicieron que el gobierno la tratase como a los padres fundadores del país, sin que apenas hubiese protestas de los dirigentes de las confesiones mayoritarias, que se sumaron al acto, reconociendo cuanto debe la India a la madre Teresa. A los funerales asistieron doña Sofía, Fabiola de Bélgica, Noor de Jordania, el presidente italiano Scalfaro y otras muchas autoridades. Ambos tuvieron, sin embargo un punto de coincidencia: la gente sencilla no pudo asistir a los funerales, debido a la enorme afluencia de asistentes. En el caso de Diana la gente hubiese asistido por curiosidad, pero lo que resultó lamentable es que los pobres y miserables a los que madre Teresa dedicó su vida no pudiesen honrarla. Seguro que a ella le hubiese gustado que al menos en su funeral hubiesen tenido un lugar.
La personalidad de madre Teresa
No deja de ser paradójico que un mundo que tiene como valores máximos la riqueza, el poder, la belleza, la juventud,... se incline también ante madre Teresa, que era pobre y anciana. La religiosa era una conciencia crítica de nuestra sociedad y quizá muchos pensamos que admirándola cumplimos ya un poco con nuestro deber, ya que no nos atrevemos a hacer lo que ella hacía. Era intrépida, trabajadora, humilde, abnegada y llena de confianza en la Providencia. Tenía una fuerte personalidad capaz de no dejar indiferente a nadie que la conociese.
Madre Teresa ha sido un símbolo mediático de lo que la Iglesia quiere. A menudo muchos indiferentes a la religión exigen lo imposible: que todos los creyentes sean como madre Teresa. Ni todos tienen coraje para hacerlo, ni puede la Iglesia dedicar todos sus miembros a eso: también tiene que dedicarse a la administración de los sacramentos, a la oración, a la organización interna, a la educación, a la cultura y ciencia, a estructurar cristianemente la sociedad, ... La heroica actividad de madre Teresa fue conocidad y admirada por todos a través de los medios de comunicación. Sin embargo, también podemos considerar a la religiosa como un símbolo de tantos cientos de religiosos que en los cinco continentes se dedican a los más necesitados. No sé si la jerarquía de la Iglesia, que se muestra bastante incapaz para la comunicación, sabrá encontrar a alguien con la personalidad y la entrega de madre Teresa que sepa dar una imagen tan positiva de lo que es la Iglesia.
Su carisma era tan extraordinario que, a pesar de la enorme crisis de fe y de valores religiosos que se padece, consiguió que su congregación sea una de las que cuenta con más vocaciones aun tratándose de una vida tan sacrificada.
Los famosos y madre Teresa
Tanta era la simpatía que despertaba madre Teresa que en muchas ocasiones fue "utilizada" por los famosos. Sería de mal gusto dar aquí una lista de los personajes populares que visitaron a madre Teresa acompañados de "paparazzi" no tanto atraídos por la obra de la religiosa cuanto interesados por "lavar su imagen". Sin embargo madre Teresa nunca despreció ni echó a nadie. Sentía que aunque los motivos que inducían a ciertos personajes a visitarla no fuesen totalmente rectos, podría hacerles bien el conocer aun fugazmente la miseria y dejar impreso para siempre en ellos el testimonio de una vida de servicio. Y es que madre Teresa no despreció nunca a nadie. Tampoco a los ricos.
A diferencia de muchos teólogos llamados "progresistas" que sentados cómodamente en despachos de universidad cambiaban la doctrina de Jesucristo para hacerla más cómoda para los burgueses, con el pretexto de defender a los pobres o a diferencia de tantos otros religiosos que trabajan pobremente desde el tercer mundo, pero seducidos por doctrinas políticas anticristianas habiendo dejado de creer en la Verdad del Evangelio que predica la Iglesia, madre Teresa fue siempre fiel a lo que la Iglesia enseña. Aceptó la doctrina social que la Iglesia propone y luchó no por cambiar las estructuras sociopolíticas - lo cual es justo- sino por aliviar el sufrimiento de los más desvalidos de un modo eficaz. Esto no significa que no quisiese que la sociedad cambiase, pero esto lo dejaba a otros. Quería la justicia, pero ella eligió ccuparse de la caridad. Luchó también denodadamente por la vida de los más débiles, los niños en el seno materno, oponiéndose a la crueldad del aborto.
Madre Teresa fue una verdadera feminista. No porque hiciese proclamas en favor de liberaciones, sino porque demostró que no necesitaba a ningún hombre para realizar su actividad. Creó una obra gigantesca y eficaz e incluso obtuvo el premio Nobel de la paz. Fue un claro testimonio de que la mujer puede llegar más allá de donde llegan los varones, manteniendo su feminidad y sin su ayuda. Mostró también a muchos religiosos que no es necesario abandonar el hábito religioso para acercarse a los demás, sino que al vestirlo se puede dar aún un mayor testimonio.
Cuentan que una vez un famoso norteamericano le dijo, después de ver su labor, que él no lo haría ni por todo el oro del mundo. Madre Teresa le respondió con simplicidad "yo tampoco" y es que ella no lo hacía por nada de este mundo, ni por lo más valioso. Bueno, sí: lo hacía por lo más valioso, Dios. Cuatro horas diarias de oración le daban fuerzas para enfrentarse a la miseria, la muerte y la desesperación sin desaliento y manteniendo una inquebrantable fe en Dios. Personalmente lo que más me emocionó siempre de madre Teresa fue su enorme fuerza y su sonrisa. Sus imágenes llegando a un centro en el que había niños tristes y menesterosos cogiéndolos como una abuelita en sus brazos, sonriendo y jugando con ellos quedarán siempre grabadas en mi memoria.
La madre Teresa, con su pobre sayal, ha sido una lección para todos nosotros. Ahora rezaremos por su alma, aunque muy pronto podremos encomendarnos a ella. Descanse en paz.
(Revista ¡Qué me dices!)
Los funerales de ambas tuvieron obviamente lugar a pocos días de distancia. Las celebraciones crearon amplias expectaciones y fueron seguidas por millones de personas en todo el mundo. Las exequias de la princesa fueron muy controvertidas ya que, después del divorcio, la monarquía británica no quería tributarle honores principescos. Los funerales fueron semioficiales. La religiosa fue enterrada con un funeral de estado, sin que tuviera estricto derecho a ello, pero sus largos años de dedicación a los más miserables en la India hicieron que el gobierno la tratase como a los padres fundadores del país, sin que apenas hubiese protestas de los dirigentes de las confesiones mayoritarias, que se sumaron al acto, reconociendo cuanto debe la India a la madre Teresa. A los funerales asistieron doña Sofía, Fabiola de Bélgica, Noor de Jordania, el presidente italiano Scalfaro y otras muchas autoridades. Ambos tuvieron, sin embargo un punto de coincidencia: la gente sencilla no pudo asistir a los funerales, debido a la enorme afluencia de asistentes. En el caso de Diana la gente hubiese asistido por curiosidad, pero lo que resultó lamentable es que los pobres y miserables a los que madre Teresa dedicó su vida no pudiesen honrarla. Seguro que a ella le hubiese gustado que al menos en su funeral hubiesen tenido un lugar.
La personalidad de madre Teresa
No deja de ser paradójico que un mundo que tiene como valores máximos la riqueza, el poder, la belleza, la juventud,... se incline también ante madre Teresa, que era pobre y anciana. La religiosa era una conciencia crítica de nuestra sociedad y quizá muchos pensamos que admirándola cumplimos ya un poco con nuestro deber, ya que no nos atrevemos a hacer lo que ella hacía. Era intrépida, trabajadora, humilde, abnegada y llena de confianza en la Providencia. Tenía una fuerte personalidad capaz de no dejar indiferente a nadie que la conociese.
Madre Teresa ha sido un símbolo mediático de lo que la Iglesia quiere. A menudo muchos indiferentes a la religión exigen lo imposible: que todos los creyentes sean como madre Teresa. Ni todos tienen coraje para hacerlo, ni puede la Iglesia dedicar todos sus miembros a eso: también tiene que dedicarse a la administración de los sacramentos, a la oración, a la organización interna, a la educación, a la cultura y ciencia, a estructurar cristianemente la sociedad, ... La heroica actividad de madre Teresa fue conocidad y admirada por todos a través de los medios de comunicación. Sin embargo, también podemos considerar a la religiosa como un símbolo de tantos cientos de religiosos que en los cinco continentes se dedican a los más necesitados. No sé si la jerarquía de la Iglesia, que se muestra bastante incapaz para la comunicación, sabrá encontrar a alguien con la personalidad y la entrega de madre Teresa que sepa dar una imagen tan positiva de lo que es la Iglesia.
Su carisma era tan extraordinario que, a pesar de la enorme crisis de fe y de valores religiosos que se padece, consiguió que su congregación sea una de las que cuenta con más vocaciones aun tratándose de una vida tan sacrificada.
Los famosos y madre Teresa
Tanta era la simpatía que despertaba madre Teresa que en muchas ocasiones fue "utilizada" por los famosos. Sería de mal gusto dar aquí una lista de los personajes populares que visitaron a madre Teresa acompañados de "paparazzi" no tanto atraídos por la obra de la religiosa cuanto interesados por "lavar su imagen". Sin embargo madre Teresa nunca despreció ni echó a nadie. Sentía que aunque los motivos que inducían a ciertos personajes a visitarla no fuesen totalmente rectos, podría hacerles bien el conocer aun fugazmente la miseria y dejar impreso para siempre en ellos el testimonio de una vida de servicio. Y es que madre Teresa no despreció nunca a nadie. Tampoco a los ricos.
A diferencia de muchos teólogos llamados "progresistas" que sentados cómodamente en despachos de universidad cambiaban la doctrina de Jesucristo para hacerla más cómoda para los burgueses, con el pretexto de defender a los pobres o a diferencia de tantos otros religiosos que trabajan pobremente desde el tercer mundo, pero seducidos por doctrinas políticas anticristianas habiendo dejado de creer en la Verdad del Evangelio que predica la Iglesia, madre Teresa fue siempre fiel a lo que la Iglesia enseña. Aceptó la doctrina social que la Iglesia propone y luchó no por cambiar las estructuras sociopolíticas - lo cual es justo- sino por aliviar el sufrimiento de los más desvalidos de un modo eficaz. Esto no significa que no quisiese que la sociedad cambiase, pero esto lo dejaba a otros. Quería la justicia, pero ella eligió ccuparse de la caridad. Luchó también denodadamente por la vida de los más débiles, los niños en el seno materno, oponiéndose a la crueldad del aborto.
Madre Teresa fue una verdadera feminista. No porque hiciese proclamas en favor de liberaciones, sino porque demostró que no necesitaba a ningún hombre para realizar su actividad. Creó una obra gigantesca y eficaz e incluso obtuvo el premio Nobel de la paz. Fue un claro testimonio de que la mujer puede llegar más allá de donde llegan los varones, manteniendo su feminidad y sin su ayuda. Mostró también a muchos religiosos que no es necesario abandonar el hábito religioso para acercarse a los demás, sino que al vestirlo se puede dar aún un mayor testimonio.
Cuentan que una vez un famoso norteamericano le dijo, después de ver su labor, que él no lo haría ni por todo el oro del mundo. Madre Teresa le respondió con simplicidad "yo tampoco" y es que ella no lo hacía por nada de este mundo, ni por lo más valioso. Bueno, sí: lo hacía por lo más valioso, Dios. Cuatro horas diarias de oración le daban fuerzas para enfrentarse a la miseria, la muerte y la desesperación sin desaliento y manteniendo una inquebrantable fe en Dios. Personalmente lo que más me emocionó siempre de madre Teresa fue su enorme fuerza y su sonrisa. Sus imágenes llegando a un centro en el que había niños tristes y menesterosos cogiéndolos como una abuelita en sus brazos, sonriendo y jugando con ellos quedarán siempre grabadas en mi memoria.
La madre Teresa, con su pobre sayal, ha sido una lección para todos nosotros. Ahora rezaremos por su alma, aunque muy pronto podremos encomendarnos a ella. Descanse en paz.
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