07 mayo 2000

CARTA ABIERTA AL PADRE ALBERTO CUTIÉ

CARTA ABIERTA AL PADRE ALBERTO CUTIÉ

Querido padre Alberto:
A lo largo de los últimos días he recibido varias llamadas de medios de comunicación de Hispanoamérica solicitando mi parecer acerca del malhadado reportaje que sobre Vd. se acaba de publicar.
Lo más fácil para cualquiera hubiese sido añadirse al coro de las denostaciones hacia su persona. Pero creo que eso no es lo justo. Así que me he aplicado a defender a su persona.
No está en mi intención darle ningún tipo de lección ni consejo ni siquiera -lo que cabría esperar de un hermano en Cristo- de ánimo. De todo eso habrá ya recibido mucho durante estos días.
No he centrado mi defensa en que se tratase de un fotomontaje -que no lo es- ni en que se haya tratado de un rastrero y despreciable ardid de una aspirante a starlette ó vicetiple de acuerdo con un fotógrafo -que sí lo es-, porque eso no es suficientemente útil para explicar lo acontecido.
A lo largo de los años en que me he dedicado al estudio y publicación de obras acerca de la Historia de la Iglesia, he llegado a la persuasión de que desde San Pedro -que negó tres veces a Cristo- hasta los más recientes acontecimientos escandalosos de eclesiásticos en México, Argentina, Paraguay, Estados Unidos, Irlanda, Colombia "e chi più ne ha più ne metta" los pecados y los errores de los ministros de Dios al igual que los de todos los fieles son innumerables.
Es verdad que "Fray ejemplo es el mejor predicador", pero es una mala predicación la que no va más allá de la persona del predicador. Jesús pide a todos los hombres "estote ergo vos perfecti sicut et Pater vester cælestis perfectus est". Es un mandato que nos impone la lucha constante, pero que nunca podrá alcanzarse completamente. Ése es el ideal católico. Lo que Vd. seguramente teme que ocurra ahora con la fe de tantos jóvenes que siguieron sus consejos es que desaparezca, porque no entendieron que el padre Alberto no era más que un canal de la gracia de Dios, dispensador de todas las gracias. El sacerdote es un mero instrumento, más ó menos válido, pero no es el ejemplo. El ejemplo del cristiano es Cristo.
No quiero en ningún modo enjuiciar su actuación, ciertamente comprensible en el ambiente en el que se le ha dado trabajar, con tantos medios. apoyos y entusiasmos que Vd. ha aprovechado lo mejor posible.
Lo que sí quiero con todo el deseo de mi corazón es que medite acerca de la buscada ambigüedad que incluyó en su comunicado al tratar del celibato.
Es verdad que en todos los tiempos los ministros y los fieles de la Iglesia han desobedecido algunos de sus preceptos. No vale la pena comparar las relaciones del padre Marcial Maciel, fundador de la magnífica Legión de Cristo, con las del simpático arzobispo Fernando Lugo o con las del obispo argentino Maccarone ó con las del curial monseñor Stenico para decir quién es mejor ó quién es peor. Dejemos el juicio a Dios. Tanto Vd. como yo conocemos a puñados de eclesiásticos que desobedecen leyes morales y disciplinarias todos los días, que han perdido la Fe, que predican el error y muchas veces apoyados por las tan incapaces jerarquías que disponen de hacienda y vida de los demás. Y todo eso forma parte de la falibilidad humana. No se condenó Judas por haber traicionado a Nuestro Señor, sino por no haberse acercado al pie del Crucificado y con sólo un gesto ó una lágrima haber pedido perdón.
Lo suyo no es más que una pequeña caída de las tantas que se cometen por parte de eclesiásticos que no tienen ni su popularidad ni enemigos y que nadie les va a afrentar. Y esto ha ocurrido a lo largo de toda la Historia. Dios nos juzgará y perdonará a cada cual. Y Vd. con su apostolado ha hecho el bien a manos llenas.
Quizá en una sociedad menos superficial Vd. podría seguir trabajando como hasta ahora, pero la cultura mediática que le catapultó ahora le hunde. -eso ocurrió también con Clinton-, pero lo más probable es que Vd. sea retirado a otro tipo de apostolado. Este asunto no es más que una anécdota.
Pero hay una cuestión que sí me preocupa. En su carta no exactamente unívoca podría entenderse que como reforma de la Iglesia habría que suprimir la ley del celibato. No está así expresado y me gustaría que puliese la expresión.
Es verdad que el celibato no existe en la Iglesia oriental -para quienes no aspiren al episcopado o al monacato- pero eso es ya una tolerancia contra la Tradición, como muy bien expuso en su obra "El celibato eclesiástico" el cardenal e insigne historiador del derecho de la Iglesia Alfons M. Stickler, S.D.B. En parte de la Comunión anglicana se acepta el matrimonio de los sacerdotes, la ordenación de mujeres, la ordenación de homosexuales activos y de travestis,... y sus iglesias están mucho más desiertas que las católicas. También sacerdotes casados tendrían amantes, se divorciarían, abortarían... De lo que se trata es de vivir la castidad cada uno en su estado y cuando se cae pues uno se levanta, se confiesa y se tira para adelante.
Existe una grave equivocación en la generación actual -fruto de los errores del mayo de 1968- que sobrepone a la lucha por la virtud y al intento de evitar el escándalo el presumir de honradez, naturalidad, espontaneidad, como si no existiese el pecado original. "Todo lo que nos apetece es bueno" -postulan algunos-, aunque cuando se trata de política internacional reconozcan que tal vez haya que usar técnicas menos espontáneas que los cañones y más "farisaicas" como la diplomacia.
De todos los acontecimientos lo más grave sería que Vd. apostatara de la tesis. Si hasta ahora era bueno lo que la tradicional sabiduría de la Iglesia nos enseñaba, no crea su circunstancia tan extraordinaria como para cambiar la TESIS del celibato. El orgullo de monseñor Milingo -ciertamente abonado por el corrupto e ineficaz "establishment" de las jerarquías episcopales- le convirtió en "jefecillo" de algunos sacerdotes u obispos a los que "casó" . Aquí en España, un amigo salió del "closet" para decir que convivía con otro hombre y que la Iglesia tenía que cambiar su doctrina acerca de la homosexualidad. Después de publicitar su caso, desapareció en la miseria.
Es difícil para muchos, contagiados de ideas naturalistas y rousseaunianas, entender que alguien puede predicar una buena doctrina y transmitir la gracia sacramental a pesar de la indignidad del ministro. Pero si Vd. ha dado toda su vida por Cristo, ¿No puede sufrir por Él una simple humillación?
Estoy seguro de que a partir de ahora su vida va a cambiar. Durante muchos años lo encumbraron y ahora lo pisotearán, pero también de que con entereza saldrá adelante.
Pero le ruego por el Corazón traspasado de María que no lleve adelante una lucha a lo Milingo, que no cambie lo que ha estado enseñando durante tantos años de acuerdo con la Tradición, porque a un minúsculo éxito seguiría el desasosiego permanente cada vez que recordase que Cristo le eligió entre muchos y que empeñó su palabra en el celibato. Simplemente le ruego que haga también lo justo.
Devotísimo en el Señor

Padre Apeles
Abogado y Periodista

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