23 septiembre 1994
PLATICA L ANIVERSARIO SOR AURORA. Monjas sanjuanistas (Orden de Malta)
Valldoreix.
No dudé en aceptar cuando, en ocasión de nuestra solemnidad patronal, la querida sor Aurora me pidió que platicara en el quincuagésimo aniversario de su ingreso en religión. Ella hubiese podido, quizá debido, solicitarlo a cualquier otro sacerdote más eminente en sabiduría y elocuencia, pero su deseo, en tal circunstancia, como el de los esposos en el día de sus bodas de oro, no podía ser desatendido. Y por eso acepté. Pero después, ya en casa, me alegré de su elección, porque ésta me confería la oportunidad no sólo de complacer a una conocida de vieja fecha y de agradecer a ella y a toda la comunidad vuestra incesante oración por nuestra Orden, sino, sobretodo, de dar gracias con vosotras al inspirador de nuestras vidas. Porque tal es la actitud que debe prevalecer en esta circunstancia.
Media centuria no parece importar mucho en un mundo que cuenta los años por millones, en una Historia que los cuenta por miles, pero resulta esencial en la vida de una persona. Muchos religiosos, esposos o sacerdotes no llegan a celebrar las bodas de oro, pero los que pueden gozar de esta gracia no reparan en celebraciones. También sor Aurora ha querido destacar este acontecimiento, pero en coherencia con su estado, que es el de esposa de Cristo en el seno de una comunidad religiosa. ?Y cómo podría haberse celebrado mejor este aniversario que en presencia de Su Divina Majestad y acompañada de sus hermanas?
Ella recordará hoy cuanto precedió su decisión. Recordará a sus padres y familiares que primeros le hablaron de Dios, a los maestros que imprimieron en su alma infantil los rudimentos de la fe cristiana, a aquel sacerdote que escuchó su primera confesión, el temor con que se acercó por primera vez a recibir a Ése al que Espinosa llama "Prisionero de amor", pues
Por un amoroso exceso,
al más potente Señor
lo tiene el divino amor
en estrecha cárcel preso (...).
Le asustará recordar aquellos aciagos años de persecución anticristiana y se entusiasmará trayendo a la memoria el renovado fervor religioso, nacido de la sangre de los mártires, que le siguió. En ese ambiente de Cristiandad, sor Aurora maduró su vocación y un lejano día de 1944, cuando el mundo se debatía sangrientamente y España luchaba por salir de la anterior postración, decidió libremente entregarse por entero a su Señor, haciéndose también ella "prisionera de amor". Decidió cargar con la Cruz como su Redentor. Pudo haber elegido una cruz liviana, pero escogió la de ocho puntas, la de San Juan de Malta, la de aquellos que tenían como Señores a los enfermos y como timbre de honor el de ser defensores de la Santa Iglesia, pero no iba ella a empuñar las armas ni a servir directamente a los enfermos; iba a sostener las batallas de aquéllos con sus plegarias. Iba a entregar su vida por salvar a ese mundo al que abandonaba. Después de cincuenta años muchas cosas han cambiado en el mundo y en el claustro. Algunas de las religiosas de aquellos años gozan ya de la eternidad, ni siquiera el convento es el mismo, sólo una cosa no ha cambiado, la inquebrantable decisión de sor Aurora; y aún otra, la presencia de Aquél a quien ella decidió servir, que hoy, como otrora, desciende sobre el altar.
En aniversarios de esta índole hay quien insiste en recuperar los sentimientos de los orígenes. Ciertamente, no seré yo quien lo haga. Quizá hoy, ya madura, el amor de sor Aurora por su Esposo no es el mismo que el de entonces, pero es sin duda mayor. Con los años cambia la modalidad, pero aumenta la profundidad, pues siendo el amor a Dios la respuesta de la criatura al Amor infinito de Dios, debe lógicamente ir creciendo, pues con el tiempo experimentamos más y más el amor divino. Su amor ha ido creciendo, afianzándose, colmándola. A ejemplo de la Virgo fidelis, ha permanecido junto a Cristo.
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